El pasado lunes tres de marzo se presentó el libro Juan ajuriaguerra en el corazon, libro que compendia 76 testimonios sobre la personalidad de éste indudable referente del nacionalismo vasco cuyo treinta aniversario de su fallecimiento se conmemora el próximo mes de agosto.
Son 76 testimonios recogidos cuando falleció y enriquecidos en la actualidad. Están todos los Lehendakaris, burukides, parlamentarios, colaboradores de Ajuriaguerra y gentes que tuvieron la oportunidad de conocerle. Todo esto está enriquecido con fotografías y caricaturas inéditas.
El libro lo pueden adquirir en la librería KIRIKIÑO de Bilbao y en la sede de Sabin Etxea. Nosotros, cada día, vamos a reproducir una de las colaboraciones del libro. Esta es la número cuarenta: JOSE RAMON BELOKI
DE OIDAS Y AL AIRE Jose Ramón Beloki
De vista y, sobre todo, de oídas. E incluso esto último de forma más bien indirecta. Así es como conocí a Juan Ajuriaguerra. Le asocio, a bote pronto, con una ocasión, un rasgo y una reflexión. Empiezo por esta última. Me refiero al 7 de febrero de 1978, día, mes y año en el que fue elegido Presidente del Consejo General Vasco. Todavía conservo viva en la memoria la sucesión de votaciones -que me tocó vivir prácticamente en directo en Radio Popular, donde trabajaba- que desembocó en su elección, ese día, para presidente del Consejo General Vasco. A algunos nos ha tocado ir despertando a la vida política, y aclarándonos, al compás de los hechos que, por diversos motivos, nos ha tocado vivir de cerca e implicados en nuestras vidas. La elección de Ajuriaguerra como presidente del Consejo General Vasco, en dura disputa con Ramón Rubial, fue indiscutiblemente uno de esos hechos. De los más impactantes y emocionantes vividos por mí. Y, también, de los más trascendentales para entender la vida política vasca posterior hasta hoy mismo. Uno de los rasgos más citados de Juan Ajuriaguerra es su “discreción declarativa”, por decirlo rebuscadamente. Dicen de él quienes le trataron que fue uno de esos hombres “parco en palabras y largo en hechos”, que se predica (predicaba al menos) de los vascos en general Es curioso. Me tocó vivir la transición de forma activa, y bastante en primera línea, informativamente hablando. Ello me dio pié para, en un momento u otro, tomar contacto personal y entrevistar, principalmente en Radio Popular (¡qué tiempos aquellos!), a un número considerable de personajes políticos, de muy distinto signo, peso y alcance. Pero hago memoria y no termino de acordarme de que hubiera tenido personalmente la ocasión de entrevistar a Ajuriaguerra, ni siquiera una vez. Me pregunto cómo pudo ser eso y por qué. Salvo que lo que ocurra sea simplemente que me falla la memoria. No creo. No, al menos, tan abiertamente como para que se me hubiera olvidado tal hecho si Juan Ajuriaguerra, habiendo ocupado el lugar y los puestos que ocupó en la política vasca de esos años, hubiera sido la mitad de la mitad de charlatán de lo que lo son tantos en la vida política, española y vasca, hoy mismo. Lo que me suscita una doble reflexión un tanto contradictoria. Por un lado, me consuela pensar que la charlatanería política no va unida necesariamente al contenido y a la eficacia políticos de las personas. Juan Ajuriaguerra constituye un ejemplo de ello. Por otro, me pregunto si ahora mismo sería posible un Juan Ajuriaguerra, tan influyente y tan decisivo, si se mantuviera tan distante y tan alejado de los medios de comunicación como, tengo la impresión, se mantuvo él. Me gustaría pensar que sí, pero dudo y dudo mucho. La reflexión, y en algún sentido también la desazón más honda, que me suscita el recuerdo de Juan Ajuriaguerra, se refiere al partido, EAJ-PNV, que, según he oído insistentemente, constituía indiscutiblemente el norte de los esfuerzos y quebraderos de cabeza de Juan Ajuriaguerra. Me explico Juan Ajuriaguerra fue indiscutiblemente un hombre de peso, un hombre decisivo, allá donde estuvo. En el Consejo General Vasco, en la Asamblea de Parlamentarios Vascos o en las Cortes de Madrid. Pero, aunque no se muy bien por qué, mi impresión “por oídas” de Juan Ajuriaguerra es que donde concentró y aplicó su fuerza, con más esfuerzo y dedicación, y donde dio de sí todo, fue en el partido, en EAJ-PNV. Dicho simplificada y, por ello, injustamente: que el norte de toda su actividad política estaba en su partido, el PNV, más incluso, en algún sentido, que en Euzkadi. Esto dicho injustamente, repito. Si bien, aclaro: cuando subrayo esa prioridad no lo hago con ningún ánimo de minusvaloración del trabajo desarrollado por Juan Ajuriaguerra. Más bien, al contrario. Voy a intentar explicarme. Escucho en ocasiones que todos los partidos, y también el PNV, son medios y no fines en sí mismos para otros objetivos políticos superiores. Y debo reconocer que tienen razón quienes así hablan. Pero con matices. El primero de ellos, que esto de situar un objetivo final –supongamos que la independencia de Euzkadi- ante el que el resto de los pasos e instrumentos se convierten en puros medios más o menos prescindibles –los partidos, entre los que EAJ-PNV, por ejemplo- puede llevar a una arbitrariedad y menosprecio por eso que se denominan medios que, desde luego, no hay por qué compartir. Mientras nadie nos demuestre lo contrario, para algunos, al menos para mí, los partidos políticos –incluido el PNV- son mucho más que un simple medio a la hora de desarrollar esta o aquella política, y perseguir cualquiera que sea el objetivo que se desea perseguir en una sociedad democrática. Esto fue algo que aprendimos por primera vez al despertar a la política en tiempos de gente como Ajuriaguerra. Y debo decir que la vida posterior, en mi caso dedicada ampliamente a la política, me ha reforzado en esta lección aprendida. Comprendo que esto que estoy diciendo va un tanto contra la moda que corre por ahí, donde, por diversas razones, además de por méritos propios de quienes nos decidimos en su día a realizar la política desde un partido político, militar en un partido político no está “de moda”, digamos así, y es perfectamente prescindible. Para algunos no hay mejor forma de participar en la vida política que a través de la militancia en un partido. Mi preocupación no para, en todo caso, en los límites de quienes rechazan o se desinteresan por la militancia política partidaria. Me preocupa, también, y más incluso, que seamos los propios militantes de partidos quienes, por lo que fuere, no nos tomáramos siempre, con la debida seriedad, la vida política de partido, su organización y su vida interna. No faltan síntomas por doquier de que el descrédito de la vida política “partidista” pudiera estar alcanzando también la vida interna de los propios partidos. Si eso ocurre, y queda la sociedad en manos de ¡vaya Ud. a saber de qué y de quién! a la hora de su articulación política, a la de fijar y ejecutar objetivos y políticas, las sociedades democráticas, que caigan en ello, lo lamentarán. Si cae la sociedad vasca, todavía peor: lo pagará muy caro. Un precio inabordable. Juan Ajuriaguerra, me imagino, se removería ese día en su tumba. Me pregunto si está tranquilo ahora mismo.
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