Muchas veces se ha dicho que los vascos han vivido siempre en un mundo aparte. Esta afirmación se comprueba en la historia de sus pescas y en la forma en que, a causa de su pericia y de su valor, eran considerados por los reyes de España, de Francia, de Inglaterra y de otras naciones.
El 6 de marzo de 1361, el rey Eduardo III de Inglaterra firmó una carta de protección para los vascos que habitaban en la Rochelle. Es uno de los primeros documentos en que se habla de los vascos, política y diplomáticamente, como de un pueblo desligado del resto de España. Eduardo IV de Inglaterra extendió la protección a los vascos mercaderes que viajasen por sus estados. Era el 29 de agosto de 1471. Las Juntas generales de Guipúzcoa, en octubre de 1481, enviaron sus representantes a Londres para firmar una paz de acuerdo con los tratados ya existentes de los años 1306, 1309, 1351 y 1353. El tratado fue firmado el 9 de marzo de 1482. En él se hizo constar que en caso de represalias entre Castilla e Inglaterra, los guipuzcoanos no las padecerían. Los Reyes Católicos reconocieron la validez de este tratado (1). (1) (Los originales de estos documentos no se hallan en archivos españoles, donde fueron perdidos, sino en los archivos de Londres que, por fortuna, conservan el ejemplar correspondiente al Gobierno inglés. Han sido estudiados por autores ingleses. Los siguientes fueron copiados por Vargas Ponce y figuran en su "Colección" de la Real Academia de la Historia, de Madrid. De todos ellos da noticia Cesáreo Fernández Duro en su "Arca de Noé. Libro sexto de las disquisiciones náuticas. La pesca de los vascongados y el descubrimiento de Terranova", Madrid, 1881. Es imprescindible la consulta de la "Memoria sobre las guerras y tratados de Guipúzcoa con Inglaterra en los siglos XIV y XV", impresa en Tolosa en 1865. Esta obra está basada en la colección inglesa de Rymer y fue premiada por la Diputación de Guipúzcoa).
Las relaciones de los vascos españoles con los vascos franceses a veces se vieron rotas por guerras y disputas; pero, en general, los pescadores salían a la mar juntos. El 3 de junio de 1553, el rey de España ordenó a la provincia de Guipúzcoa que las naves pesqueras no anduviesen separadas y fuesen protegidas por la armada del capitán general don Luis de Carvajal. Guipúzcoa hizo advertir una serie de inconvenientes, demostró no necesitar ayuda y el decreto fue revocado. En 1557 un nuevo decreto dispuso que no partiese ningún barco a Terra Nova sin previa licencia; pero pronto hubo que anularlo. En 1564 se firmó una concordia entre Guipúzcoa y Labort. En 1586 el rey de España hizo embargar, para la guerra con Francia, tan gran número de naves que no fue posible viajar a Terranova. Al año siguiente se aconsejó a los pescadores que armasen los navíos de Terranova. En 1631 la provincia de Guipúzcoa elevó sus quejas por los impuestos y la forma en que se sujetaba a los marineros. En 1632, en vez de partir, como en otros tiempos, unas cincuenta naves a Terranova, sólo salieron seis. La guerra entre Francia y España arruinaba la pesca de los vascongados. El gobierno español hizo todo lo posible para favorecer a los vascos. En 1638 pudieron dirigirse a Terranova más de treinta navíos.
En 1644, el rey de España permitió que los vascos del Labort pudiesen entrar en los puertos españoles y en el mes de febrero de 1645 llegó a declarar "que aún en tiempo de guerra era permitida la contratación entre las provincias de Guipúzcoa y Labort".
En 1653 pudo firmarse una nueva concordia entre ambas provincias; pero en 1655 se produjo otra ruptura. El rey de España prohibió que los labortanos embarcasen en navíos españoles, y Mazarino amenazó con la vida a los pobladores del Labort que trabajasen en los barcos pesqueros de España. Las protestas de ambos lados de los Pirineos lograron anular los decretos.
Así pasaron unos años hasta que en 1690 la concordia fue rota nuevamente. Francia consideró a Terranova como una colonia francesa y exigió a España que a cambio de la libertad de pesca declarase la libertad de comercio en la península y en las Indias. Por último, la cesión de Terranova por parte de Francia a Inglaterra fue una muerte para las pescas de los vascos. Basado en el tratado de Utrech, el gobernador inglés de Plasencia no permitió pescar a los vascongados y éstos tuvieron que regresar más de una vez con las naves vacías. Los reclamos de las provincias vascas y los memoriales del embajador español en Londres, marqués de Monteleón, presentados al secretario de Estado, lord Stanphone, nada valieron. En el tratado de Madrid del 1721 no pudo hacerse revivir la pesca. El Congreso de Soissons no tuvo tiempo de considerar las memorias de la provincia de Guipúzcoa con las informaciones de los años 1697 y 1706. Estos documentos pasaron al Congreso de Aquisgram y aquí también fueron olvidados.
Es así como la pesca de la ballena fue decayendo en las provincias vascongadas. Los vascos de ambos lados de los Pirineos hicieron todo género de esfuerzos para mantenerse unidos. Cuando Mazarino prohibió a los labortanos embarcar en los barcos españoles, los vascos de Labort y de Guipúzcoa falsificaron nombres y contratos para que los arponeros del lado de España pudiesen trabajar en los navíos franceses y los cortadores del lado de Francia lo pudiesen hacer en los españoles. Una real orden del 5 de noviembre de 1730 dispuso "que los marineros guipuzcoanos no pudieran embarcar en navíos balleneros, aunque pertenecieran a naturales de otras provincias de España, no siendo de la misma Guipúzcoa".
En varias oportunidades se intentó formar compañías pesqueras. Todas ellas, coma la célebre de Caracas, fracasaron (2). Los vascos, después de enseñar a tantos pueblos la pesca de la ballena -en el Brasil fue iniciada por unos prisioneros vizcaínos- cedieron su lugar a los holandeses y a los ingleses.
(2) Ramón de Basterra: "Los navíos de la ilustración. Una empresa del siglo XVIII. Real Compañía Guipuzcoana de Caracas", Caracas, 1925.
A proposito del tema, me acabo de acordar de la historia de la Aguja de Cleopatra, el obelisco egipcio que esta en Londres a orillas del Tamesis. Los ingleses lo transportaron, a finales del siglo XIX desde Egipto hasta Inglaterra en un contenedor flotante, de metal, cilindrico y arrastrado por un vapor. Pero con la mala fortuna de que perdio durante una tormenta en el golfo de Vizcaya donde fue rescatod por pescadores vascos y reciperado por los ingleses a cambio de un gran premio monetario.
Publicado por: Ignacio | 11/03/2009 en 06:24 p.m.