Claro que hablar de Cupido, y sobre todo de las flechas de Cupido es tan cursi que la pluma se resiste a correr por la cuartilla, como esos caballos que no quieren arrancar y se retuercen, bracean y se encabritan poniendo en peligro la estabilidad del jinete; pero no hay más remedio que hablar de Cupido, y lo que es peor, de las consabidas flechas de Cupido.
Cupido, el niño ese tan mofletudo, tan alado y tan impertinente, ha tomado parte en la batalla de Roma; y si alemanes y aliados disparaban sus cañones, él defendía briosamente sus prerrogativas a flechazo limpio.
Es el caso que cuando una columna de tanques aliados avanzaba por la Vía Casilina y hacía su entrada en Roma, otro grupo de tanques alemanes abrió el fuego; contestaron con todos sus cañones los tanques aliados, replicaron enérgicos los germanos y aquello fue un infierno de impactos, estallidos, humo y estruendo.
Pero quien tuviera mucha serenidad y buen oído pudo escuchar en aquel momento el repicar de las campanas de una pequeña iglesia cercana; y pudo ver que de una casa salía un cortejo nupcial, que echó a andar hacia la iglesia, a través del campo de batalla. Los acompañantes, los que no iban a casarse, los que no estaban enamorados, fueron metiéndose en los portales: llovían cascos de metralla y granizaban balas; pero los novios, los que estaban enamorados, siguieron adelante, precedidos del niño Cupido, que, consciente de su misión y de su responsabilidad, disparaba furioso las flechas de su carcajo. Y guiados por él, los novios llegaron al templo sin haber recibido ni el más leve arañazo. Y luego, mientras el cura bendecía la unión, Cupido, sudoroso, sentado en las gradas del altar, miraba sonriente a la pareja y se decía para sí, como tantas otras veces:
-Nada más fuerte que yo; ni los alemanes, ni los aliados, ni la guerra, ni la muerte. Soy el amo.
Esta es la noticia que nos ha traído el cable, y que la prensa ha publicado en unas pocas líneas, en un lugar recóndito, con un título muy modesto.
Para mí, ha sido lo más importante de la batalla de Roma. Los más valientes han sido el novio y la novia, que sin más defensa que la de Cupido, han avanzado sonrientes, atravesando el estruendo, seguros de que el porvenir es suyo. Y más valiente aún que ellos, ese niño ridículo, cursi, que ha sido el verdadero héroe de la jornada. Con sus mofletes, con sus alitas, con su color de rosa...
Prometo no volver a hablar de tal nene en mi vida; pero ésta vez se ha ganado un aplauso, que yo no se lo voy a negar.
EUZKO DEYA DE BUENOS AIRES
10 de Junio de 1944
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