Fue un acierto del Partido Nacionalista Vasco la publicación en un libro de los artículos escritos por Javier de Landaburu en "Alderdi" entre 1949-1962.
Javier fue un escritor fino y elegante. Poseía la habilidad de trasladar al papel cuanto quería decir, que no es nada fácil. Al releer estos artículos es como si volviera a encontrarme con él en aquel despacho suyo de la rué Singer, en París.
Más de una vez me han preguntado: "¿Cómo era Landaburu?"
Era un hombre abierto. Sabía escuchar sin dar señales de cansancio o aburrimiento. Era un hombre de diálogo. Respetuoso con los que no pensaban como él, firme en sus convicciones, hombre que sabía transigir, pero sin jamás perder el norte de sus convicciones y de sus principios. Era un demócrata en todo el sentido de la palabra.
Leyendo este libro me he vuelto a encontrar con él. En sus páginas está Javier tal como era, cristiano y patriota, sincero y entregado a "La Causa del Pueblo Vasco", amable y comprensivo, sonriente y entero, dispuesto siempre al diálogo y a la discusión. Como diríamos en euskera, "plaza gizona zan"
Estos artículos, así como aquel magnífico libro suyo, "La Causa del Pueblo Vasco", nos dan una idea clara de cómo era Javier, de cómo pensaba, de cómo veía al Partido, de cuál era su visión de Euzkadi y de sus problemas, de cómo estimaba que debiéramos enfocar el futuro de la Patria.
Si me he vuelto a encontrar con Javier en el conjunto de sus artículos que contiene el libro que acaba de editar el Partido, me he encontrado de una manera especialísima con él en el que escribió en abril de 1950 sobre los fallecimientos de Emmanuel Mounier y de León Blum, en el que escribió en julio del mismo año y en el que su brillante pluma esbozó la figura señera de Marc Sangnier y de su obra expresada en el "Sillon", y en el que en octubre de 1951 dedicó con motivo de su muerte a Doroteo Ziaurritz, figura nacional, "símbolo y hasta la razón de ser de la actitud de un pueblo".
Ahí está Javier, de cuerpo entero, tal como era y como pensaba cuando se deleita diciendo que "Mounier y Blum formaban eslabones de una cadena que forman los hombres que comprenden la vida fundada en la libertad del espíritu y en la justicia social, cadena de hombres que se sitúan entre los dos materialismos dominantes en nuestra era, entre los dos totalitarismos extremos, entre los dos polos que niegan al hombre en cuanto nombre y sólo hacen de él engranajes minúsculos de maquinaria monstruosa, sin facultad de discernir, con el único derecho de someterse ciegamente, servilmente".
Aquí está Javier, todo él, en la intimidad de su pensamiento: "Mounier era cristiano, Blum no era hombre de Cristo, no llegó a tener la fe de Jesucristo. Pero hay mucho de socialista en los escritos de Mounier y mucho de moral cristiana en las obras de Blum". No en balde Mounier fue el fundador de la revista "Esprit", con todo lo que ha aportado a la revigorización de la moral cristiana, y no en balde León Blum "es uno de los hombres que más han contribuido a hacer amable un socialismo que para muchos, todavía hace poco, olía a sangre caliente y a dinamita".
En el artículo sobre "Marc Sangnier, el sembrador", con ocasión de su muerte, me parece estar oyendo a Javier, me parece estar dentro de su pensamiento de cristiano y de patriota, me parece sentir el aliento de vida, de fe, de esperanza y amor que Javier recogió de nuestro Sabino de Arana y Goiri.
Este artículo sobre Marc Sangnier es sencillamente de los que emocionan y se le meten a uno dentro, muy dentro. Por varias razones. Entre otras porque Javier nos lleva de su mano a la convicción de que nosotros, todos nosotros, el Partido que somos nosotros, "somos fruto de la semilla que Marc Sangnier sembrara en su "Sillon", en el surco que él abrió hace ya muchos años". Como el propio Marc Sangnier fue fruto de la semilla que sembró aquel sembrador que fue Lamennais, o de aquel otro que fue Lacordaire, cuando uno y otro, juntos, sembraban en "L'Avenir" la semilla de un cristianismo militante...
Este artículo en el que Javier moja su pluma en el mar de su corazón merece especial atención. Y es que Sangnier "era un hombre de los más nuestros, o nosotros éramos muy de él -es lo mismo- cuando tratamos de examinar, de enjuiciar al individuo y cuando tratamos de buscar solución a las cuestiones angustiosas de nuestra época. En esas cuestiones de fe y de caridad, de firmeza y de tolerancia, de autoridad y de libertad, de defensa y de paz, de personalidad propia y de solidaridad humana, en todos estos problemas que acongojan en esta época al cristiano de buena fe, Marc Sangnier era probablemente nuestro guía más autorizado". Y es que "no ha sido con cuchillo con lo que Marc Sangnier abrió su "Sillon" (su "Surco"). Lo abrió con el amor, lo sembró con la fe, lo fecundó con la esperanza, tres palabras que no dicen nada a los enemigos de la libertad".
El tercer artículo en el que he fijado mi atención, el que se refiere a Doroteo Ziaurritz, tiene para mí resonancias entrañables. No tiene nada de extraño. Porque en aquel Tolosa de mi juventud, juntamente con otros como "Aitzol", Pepe Eizaguirre, Juan Antonio Irazusta, Javier de Lizardi, Isaac López Mendizabal, Antonio Labayen, Doroteo Ziaurritz fue un maestro para nosotros, un ejemplo de patriota y de hombre profundamente humano.
Como dice Javier, "no hay que olvidar que nuestro movimiento nacional está fundado de manera importante en el mutuo afecto, con sus efusiones, sus celos y hasta sus envidias. Es afecto de hombres que coincidía en Ziaurritz acaso más que en nadie. Él era la clave de una organización patriótica que siempre ha necesitado ser una asociación de buenos amigos. La desaparición de Ziaurritz, que era ejemplarmente patriota y amigo bueno, ha alterado la estructura de esa organización. Nuestro deber es apuntalarla y reconstruirla, pero en esa labor, que aún con Ziaurritz era difícil, nos hará mucha falta el recuerdo del hermano mayor muerto hace un mes".
En efecto, Javier, cuando vuelva el tiempo de las fiestas en una patria en paz y en buena armonía, "todos los vascos celebraremos, allá en Tolosa, el homenaje debido a esta figura nacional. Pero esa fiesta no será digna del carácter de Doroteo -de ese Doroteo tan nuestro que acaba de escapársenos- si no es una fiesta alegre, algo así como una fiesta de la eterna juventud de esta vieja raza que todavía da hombres del temple de Ziaurritz". ¡Y te recordaremos, Javier, los tolosarras, con una inmensa esperanza en el futuro de la Patria vasca!
Así es, queridos amigos, la lectura de este libro ha sido para mí como el reencontrarme con el amigo querido que fue Francisco Javier de Landaburu en aquel largo exilio. Se trata, además, de un libro en el cual se aprende mucho y que es delicadamente instructivo para los de ayer y para los de hoy.
Este libro de Javier de Landaburu está en venta en todos los batzokis.
Uzturre
DECIA ALGO JAVIER DE MANTENER Y APROVECHAR LA FRUTA QUE CAE DEL ARBOL QUE MUEVE ETA?...o era demócrata de verdad?
Publicado por: Gonzalo | 07/18/2012 en 04:57 p.m.