Sr. Presidente de Euzkadi-Buru-Batzar.
157, rue de la Pompe. París (XVI).
Agur.
En cumplimiento de la carta que recibo de Vds. fechada a diez de febrero 1938, me es grato consignar la información que me piden:
"El 25 de Agosto de 1937, por la mañana, llegamos en un destroyer inglés, cuyo nombre no recuerdo, frente al abra de Santoña, el Sr. Nárdiz y yo, miembros del Gobierno Vasco, con objeto de hacer embarcar en dicho destroyer a los últimos prisioneros políticos que quedaban todavía en poder de las fuerzas vascas, procedentes del territorio de Euzkadi, y llevar un número de responsables políticos, que nos fuera admitido por el Comandante del buque. Para obtener esto, se había hecho una gestión por el Presidente del BBB, y no pude saber en qué términos fue concedida la ida del buque, salvo por lo que se refiere a los prisioneros enemigos, los cuales habían sido objeto de un canje, concertado por el Sr. Nárdiz con agentes de Franco, cuyos nombres conocen ustedes.
En el buque venían, sorprendiéndonos ello extraordinariamente, los Sres. Troncoso y Marqués de Linares, que luego se han hecho célebres con el affaire del submarino de Brest. Venía también el Vice-Cónsul Británico en Santander.
Llegamos frente a Santoña, donde creíamos habríamos de encontrar embarcaciones ligeras que hubieran salido de Santoña, trayéndonos los prisioneros políticos objeto de canje y los responsables políticos que deseábamos traer a Francia. No se hallaban allí. Al cabo de hora y media el Comandante del buque dijo que iba a mandar una gasolinera a Santoña, y en dicha gasolinera embarcamos con el Vice-Cónsul, cuatro o cinco marineros y un oficial del buque, el Sr. Nárdiz y yo. Entramos frente a Laredo y cuando tomábamos rumbo hacia Santoña, dentro de la bahía, se produjeron dos disparos de fusil desde tierra contra la embarcación. El oficial me llamó la atención sobre los disparos. Hizo parar la gasolinera y me consultó qué hacía. Hice que el oficial mostrase una pequeña bandera de la Marina de guerra inglesa, manteniéndola en forma que pudiese ser vista desde tierra. Yo, que venía sentado en la parte trasera, debajo del toldo, me puse a mirar por la bahía, ya al ver que un bou estaba anclado en el centro de la misma, bastante lejos de nosotros, y que tenía una bandera, le rogué al oficial, que viera cuál era el pabellón que tenía el bou. Después de mirar me dijo que era la bandera vasca. Al mismo tiempo yo miré hacia el punto donde habían disparado contra nosotros y observé que había gente que agitaba una tela blanca. Se lo indiqué al oficial, a quien le dije que nos llevase hasta el bou que tenía la bandera vasca. Todas estas decisiones las adopté porque durante la noche podía haber sido ocupado Santoña por el enemigo, y no me pude asegurar de lo contrario sino cuando al oficial me dijo que era la bandera vasca la que tenía el bou. Por cierto que conocía el pabellón como si hubiera sido la bandera más antigua y conocida del mundo.
A todo esto, a bordo del buque que estaba fuera de las aguas jurisdiccionales, yo había hablado con el Vice-Cónsul británico en Santander, cómo era nuestra intención traer responsables políticos, personas calificadas para hacer la evacuación en el destroyer. Hizo como que no sabía nada de ello. El oficial de la gasolinera me comunicó las instrucciones que traía del Comandante, que eran las de que si al cabo de dos horas desde nuestra partida del destroyer no aparecería la gasolinera de regreso fuera de la bahía, procedía, es decir, que entendería que había ocurrido algo anormal; bien que nos había cogido el enemigo, bien que por parte de la gente de Santoña no se respetaba la disciplina, etc. En fin, eventualidades que no se podían prever.
Llegamos junto al bou. No había ninguna persona calificada. Después apareció Alejo Bilbao. Como el plazo de dos horas que había sido fijado a la gasolinera para su regreso me pareció un poco pequeño, hablé con el oficial y el Vice-cónsul, diciendo a este último que el número de personas a evacuar que pensaba llevar a bordo del destructor era de unos 150. Este número lo fijé teniendo en cuenta el de personas que solían llevar los destructores cuando solían hacer evacuaciones desde Bermeo o desde Plencia. El Vice-cónsul me dijo que no, que era un número excesivo. Entonces le dije que llevaría 50, a lo que ni accedió ni negó, lo que yo interpreté como una autorización tácita, aunque no me gustaba nada la cosa, ni tampoco a Nárdiz, que deseaba también sobre este punto mayor precisión, para lo cual me había venido hablando durante el viaje en este sentido.
Salté a tierra, despidiendo a la gasolinera y diciendo que nosotros llevaríamos la gente a bordo del destroyer y que nosotros iríamos también en las embarcaciones de Santoña. Me preguntó el oficial hasta qué hora nos esperaban, contestándole yo que hasta las 12. A lo que repuso el oficial: Bueno, hasta las doce; pero, en fin, con que lleguen ustedes antes de las cuatro, estaremos nosotros aguardándoles. La gasolinera volvió al destroyer y Nardiz y yo desembarcamos. En tierra estuve con el Comité constituido en Santoña; con las autoridades del Partido; fui en automóvil hasta Laredo, al domicilio del EBB, regresando nuevamente a Santoña. Había ya dado orden de que se hiciesen por el Comité listas de los que hubieran de salir en concepto de evacuados políticos. Allí nos informamos que de los 17 prisioneros del canje, que era uno de los motivos del viaje, y al parecer, en la creencia de los ingleses, por lo que luego resultó, el motivo único quizá, solo había presos en Santoña 8 ó 9. Los restantes habían solo traídos desde Santander en una embarcación en la que venían los señores Eguía, Arambarri, etc. Esto para la cuestión del canje nos colocaba en una situación poco airosa.
Cuando regresé de Laredo a Santoña y vi que estaban haciendo una extensa lista, dije que creía que no podían ir más que 50, a juzgar por la conversación que tuve con el Vice-cónsul. Partieron dos embarcaciones de vapor desde el muelle de Santoña, con los que fueron seleccionados. Ni el Sr. Nárdiz ni yo intervinimos en esta selección de los que salieron de Santoña con rumbo al destroyer.
Llegamos al destroyer a eso de la 1 ó 1 y 1 /4 de la tarde, observando ya desde nuestra salida del morro de Santoña que se había reunido una flota considerable. Había venido un acorazado inglés, que no sé si era el "Ressolution" o el "Ronó", así como los bous rebeldes "Araba" y "Galerna", y por otra parte, se veía venir un destroyer en dirección de Santoña. O sea que había por lo menos tres buques de guerra y los dos bous rebeldes. Yo había salido la víspera de San Juan de Luz en la creencia de que un crucero y dos avisos franceses estaban recogiendo la gente nuestra frente a la costa de Santander para traerla a Francia, y de que se les había dado orden de situarse dentro a Santoña, por lo que suponía que el acorazado y el destructor inglés eran el crucero y el aviso franceses.
Llegamos al destructor con muchas vacilaciones, pues no sabíamos lo que harían con nosotros los bous "Araba" y "Galerna", y cuando llegamos a bordo nos encontramos con el que Vicecónsul británico en Santander, y el Comandante del buque, de acuerdo, y quizás después de haber hablado con Troncoso y Linares, habían tratado sin duda del asunto de la evacuación de políticos. La otra embarcación había llegado antes que la nuestra, y estaba detenida sin que ninguno pasase a bordo. Nosotros traíamos a los presos, y cuando llegamos, los ingleses hicieron pasar a los presos y a sus guardianes entre los cuales pasó al destructor, como jefe de ellos, el Secretario general de Gobernación, Entonces el Vice-Cónsul británico nos comunicó que como, evacuados políticos no podrían ir más que 17 o sea el número de prisioneros que creían ellos que llevábamos para los efectos del canje, y que habíamos quedado en llevar. Y hubo que hacer una lista de 17 nombres allí mismo.
Nosotros no podíamos hacer fuerza sobre el Comandante y el Vice-cónsul, en contra de esta decisión suya, porque nosotros no habíamos, intervenido en la conversación que llevó directamente el Presidente del EBB con Mister Miller, al pedir a la Embajada inglesa que un destructor fuese enviado a Santoña a rescatar a nuestros prisioneros y a traer evacuados políticos. El Comandante del buque era el jefe de la nave, y allí nuestra labor era absolutamente nula en cuanto no había derivado de un compromiso del que nosotros no podíamos adivinar en qué términos se había hecho. El Vicecónsul con su silencio en la gasolinera se conoce que pensó en hacer algo que no pudiese parecer hostil a los innecesarios testigos que habían enviado en el destroyer inglés (Troncoso y Linares). Nosotros, pues, tuvimos que aceptar la decisión del Comandante y elegir los 17 que hubieran de embarcar.
Yo designé los 9 primeros, que me parece que fueron, 4 miembros del EBB; 3 de STV y dos funcionarios del Gobierno. El señor Nárdiz eligió los restantes. La elección la hicimos fijándonos simplemente entre los que veíamos desde donde nosotros nos hallábamos en el destroyer. Al observar algunos de los que venían en las embarcaciones, que quedaban sin pasar al destroyer, y habían de regresar a tierra, se dirigieron angustiados a nosotros, pidiéndonos que, por favor, hiciéramos algo por ellos. El momento fue verdaderamente doloroso. Por mi parte yo tenía entonces la seguridad absoluta de que el crucero y los dos avisos franceses iban a recoger a todos estos hombres. De no haberlo creído, probablemente hubiera obrado de otra manera. Pero me hablaba entre la necesidad de cumplir una cosa que o sabía ciertamente convenida, que era la entrega de los 17 prisioneros, y que bien contra mi voluntad no podía cumplir sino parcialmente, o aceptar lo que con relación a la evacuación de políticos decidía el Comandante, y opté por lo primero, ante la seguridad de que la evacuación de políticos iba a tener lugar, con garantías, aquel mismo día. Así lo había dicho en tierra, porque esto era lo que yo sabía.
Los que quedaron en las embarcaciones, en su angustia, se dirigieron a nosotros también, exponiéndonos cómo quedaban a merced de lo que quisieran hacer los bous "Araba" y "Galerna" que se hallaban en condiciones de poder hundir las embarcaciones a su regreso a Santoña. Troncoso dijo que estaba garantizado el regreso de aquellas embarcaciones. El mismo Troncoso dirigió unas palabras, por cierto completamente impropias de una persona de algún sentido del honor, a los que quedaban en las embarcaciones que regresaban a Santoña. Yo no las oí, pero me refirieron algunos el sentido de ellas, y verdaderamente era incalificable la actitud de aquel hombre.
Las embarcaciones regresaron sin novedad a Santoña y nosotros llegarnos aquella tarde a San Juan de Luz.
Debo advertir que en mis no muy numerosos viajes por mar, solo dos veces he llegado a estar mareado, pero en este viaje lo estuve en términos increíbles. En San Juan de Luz no me fue posible siquiera llegarme hasta Bayona y tuve que quedarme acostado en el Hotel de la Poste aquella noche, para que se me pasara el mareo. La impresión y el nerviosismo de toda la jornada, en la que hubo para nosotros toda clase de sustos y de cosas desagradables me debieron hacer en ese sentido un efecto terrible".
Queda como siempre de Vds. atto, y s.s.
París, 12-2-38.
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