Es de los hombres que uno se siente orgulloso que haya pertenecido a la causa nacionalista y en concreto, al Partido Nacionalista. Murió en el año 1962, en Iruña, donde vivió toda una larga y fecunda existencia. No le conocí, pero tengo enfrente de mí un retrato de José Aguerre. Los ojos, tras las gafas, animan un rostro inteligente y le confieren la placidez de quien está en profunda paz consigo mismo. Consecuente con sus ideas nacionalistas, corrió por ellas hasta la última suerte -ser condenado a muerte- y salvado en esa instancia por un pariente del otro bando. Pero mucho más que un político, fue un humanista. Y en un momento en que en el gran desierto cultural de nuestro país, buscamos hombres y mujeres que puedan iluminar con las palabras y las ideas, que sepan buscar vuelo al sentido de las cosas cotidianas, la figura de José Aguerre se me torna infinitamente valiosa.
Dominó varios idiomas: Alemán, francés, italiano, inglés. Y sobre todo fue un estudioso del euskera cuando ya remontaba los treinta años, y se convirtió en académico de número de Euzkaltzandia. Por otra parte, era un poeta. No tengo noticia de sus poemas publicados, pero sí de su vocación de poeta. Un poeta que le tocó padecer en lo mejor de su tiempo intelectual y biológico, una dictadura que amordazaba su expresión.
José Aguerre, como tantos otros, calló en el largo silencio de Franco. Todo lo que pudo decir referente a su patria y a su idea, quedó enterrado en los pliegues de su corazón y con ello, se perdió una voz que delicadamente hubiese podido bordar sentimientos vibrantes, los que hacen posible las grandes literaturas nacionales.
Fue director de la Voz de Navarra, el único periódico de corte nacionalista en Navarra. De su prudente y acertada dirección son unánimes los criterios, pero como sus poesías, fue callada también la Voz de Navarra, que arrebataba por el bando vencedor se convirtió en tribuna opuesta a toda su ideología original.
Al final de su vida emprende una tarea que la muerte interrumpe: La Biografía de Arturo Campión. Otro gran navarro -quizá el único y el mejor dentro del campo de la Historia Romántica y novelada que posee Navarra- y que fue desterrado, sepultado y olvidado cuidadosamente por los que rechazando su ideología, privaban a Navarra de uno de sus más apasionados poetas. Arturo Campión cuya obra "EL GENIO DE NAVARRA" derivante en muchos de los campos de la Historia, discípulo lejano pero no desmerecedor de lo que Víctor Hugo logró en la historia y literatura de Francia. Es triste tener que pensar que hombres de tamaño valor son desdeñados por sus ideologías, por unas ideologías que en último término no son sino producto de un inmenso amor por lo suyo, por una pasión exclusivista si se quiere, pero realmente sincera y respetable. Quizá, al comenzar la tarea de la biografía de Arturo Campión, José Aguerre fuera reflejando toda su propia vida y su propia obra, también inconclusa. Es como una sinfonía inacabada, melancólica, pero indudablemente hermosa, que debe ser rescatada del silencio. Nada perece mientras pueda ser conocido, escuchado, recordado, aunque no esté completamente acabado.
José Aguerre murió en plena calle de Iruña. Un ataque al corazón, fulminante, terminó con su vida y también con la honda tristeza que llevaba por dentro por el silencio a que estaba sometido. Su propio mal, el corazón, y su propia muerte, en la calle, son la expresión de toda una vida contenida en el amor por las gentes y las cosas de su pueblo. De su ciudad. De su barrio. Esas pequeñas y menudas cosas que solo son importantes y se convierten en significantes, si el corazón tiene la sensibilidad suficiente como para valorarlas y apreciarlas.
Y José Aguerre Santesteban estaba entre esos elegidos.
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