Falleció José Aguerre en Pamplona el 19 de octubre de 1962. Hará El próximo mes de octubre, cincuenta años. Aguerre era un gran amigo de “Euzko-Deya” de París, “uno de los periódicos mejor escritos que conozco”, decía en una de sus cartas. Reproducimos el juicio porque era suyo y para honrarnos con su memoria.
Era Aguerre un gran humanista. Traducía bien al euskera y al español, el latín, el griego, el francés, el inglés, el italiano, el alemán y el ruso. En latín era capaz de seguir una conversación. No solamente conservó las enseñanzas recibidas en el seminario, sino que las mejoró.
“Euskeldunberri”, se convirtió en un gran profesor de euskera, disciplina que alternaba con matemáticas y filosofía. De todos los amores, sin duda el que superaba a todos los restantes era el del euskera. Miembro de la Academia de la Lengua Vasca, era el elemento activo y fecundo del que se valió “Príncipe de Viana” para organizar los exámenes en las escuelas cuyos alumnos eran premiados por hablar euskera. Asistía a todos, sin que nada se lo impidiera. Él, que había sido puesto en prisión durante los primeros tiempos de la guerra civil, sometido a vejaciones inauditas, aceptaba la presidencia de una jerarquía del Movimiento a cuenta de que se celebrara la fiesta vasca, euskérica, que llevaba auras de renacimiento a nuestro idioma. “Navarra es historia, y la historia, por sí sola, es muerte. Euzkadi es pueblo y patria, y el pueblo y la patria sin medios de expresión no pueden vivir. El euskera significa el medio de expresión del pueblo y de la patria, y el animador de la historia”. Estas líneas definen lo que, racionalmente, discurría por el euskera, que no era tanto como lo que sentía, con todo el querer de su corazón.
Presidente del Consejo Regional de Navarra y del Consejo Nacional de Euzkadi, del Partido Nacionalista Vasco, dejó un vacío que no fue fácil de llenar. Nadie es insustituible, ciertamente. Pero Aguerre al mismo tiempo de ser la piedra angular del movimiento patriota era el profesor de euskera, el examinador, el maestro de folklore, el organizador de concursos de bertsolaris y el escritor eximio con criterio abierto y liberal, con profundo sentido humano. En uno de sus postreros artículos, publicado en “Pregón”, se encara con aquellos que tratan de reducir la figura de San Francisco Javier al Misionero de la Compañía de Jesús, prescindiendo del sentido humano y patriótico, que entrañan su figura prócer, digna de ser estudiada, afirma, en todos los aspectos de su persona y de su vida, desde el referente a su origen y significación familiar, hasta la última expresión con la que ganó notoriedad, que es el misionero, pasando por todas las facetas de su ser humano, como la atlética, que le permitía ganar carreras y trepar a los árboles, y la tesonera de su carácter, que aparece en reiteradas situaciones difíciles de su accidentada vida. ¿Por qué, dice Aguerre hacer de Javier una figura de sacristía, cuando es un monumento humano de primera calidad?
Dejó, que nosotros sepamos, un trabajo inédito sobre los bertsolaris y los originales de una extensa biografía de Don Arturo Campión, en la que venía trabajando desde que Don José Zabala, heredero espiritual del Maestro, falleció, trasladándole aquel legado.
Sobre todas las condiciones que pueden definir su carácter, una hay que supera a las restantes: la bondad. José Aguerre era uno de los hombres más buenos que ha conocido su propia generación.
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