El novelista aragonés Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) es autor de las novelas “Alguien te observa en secreto” y “La ternura del dragón”, así como del libro de relatos “Antofagasta”. En este artículo escribe sobre Ramón María del Valle Inclán y su trilogía “La guerra carlista” a la que considera una obra de innegable modernidad.
Hay escritores de obras perfectas y escritores de excelentes obras imperfectas. O, lo que es muy parecido, escritores que aspiran a la perfección y escritores que han renunciado a ella. Los pri¬meros poseen una idea precisa de la armonía y el orden, conocen la medida puntual de las palabras, dominan las técnicas del inventor de historias, aciertan a adecuar el mundo a las secretas leyes de la simetría. Los segundos, en cambio, no siempre temen la desmesura ni se someten a la íntima geometría del relato, sacrifican en ocasiones la proporción y la eficacia, corren a veces el riesgo de la reiteración o el desaliño.
Me atrevería a apuntar otra característica que distingue a los escritores del primer grupo de los del segundo: mientras las obras de aquéllos suelen complacer siempre, las de éstos pueden entusiasmar, decepcionar, irritar, pero difícilmente complacer sin más.
Valle-Inclán pertenece más al segundo grupo que al primero, y su trilogía La guerra carlista es una de esas obras que a mí me entusiasman.
He releído con cierta frecuencia las tres novelitas que la forman: Los cruzados de la causa, El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño. Buscando una clave que permitiera explicar algo de su poder de seducción, de su capacidad para entusiasmar, he creído encontrar algunas de sus posibles imperfecciones y excelencias. Entre las primeras podrían contarse el abuso de modismos con los que Valle pretende dar viveza a los diálogos, el abandono de algunos de los múltiples hilos narrativos, un final algo arbitrario, el estilo a veces recargado y en exceso deudor del modernismo...
Frente a tales menudencias, muy por encima de ellas, está la soberbia grandeza de este libro, una grandeza que no procede tanto de sus recursos técnicos o estilísticos como de la particular mirada que el autor vuelve sobre unos seres humanos sometidos a la presión extrema de la guerra civil. Valle-Inclán los observa con ojos tan pronto amorosos o empañados en lágrimas como burlones o inmisericordes. Jamás con ojos indiferentes. Por eso, bajo la humilde apariencia de una novela de aventuras, lo que Valle nos presenta es una radical exploración de las posibilidades del alma humana.
En La guerra carlista convive una gran riqueza de registros diversos, que contrastan unos con otros y nos recuerdan que también en nosotros coexisten la gloria y la miseria. Junto a un crepuscular Bradomín, dispuesto a malvender sus propiedades para apoyar la causa carlista, aparece la mezquindad del señor Ginero, el usurero que se aprovechará de ello para lucrarse. Junto a Miquelo Egoscué, el cabecilla generoso y fraternal, está Santa Cruz, el cabecilla fanático y sanguinario. La traición de éste se nos presenta acompañada de ejemplos de máxima lealtad, como la del pastor Ciro Cernín. La arrogancia de Cara de Plata, guerrero en ciernes, tiene su prolongación y su envés en la figura del moribundo Pedro Mendía, a quien no el enemigo sino la enfermedad ha derrotado. El amor galante de Eulalia y el duque de Ordax aparece al lado del cándido platonismo de Eladia o de la pugnacidad del afecto de la Joseba por Roquito. El ardor autodestructivo de éste, ex sacristán y ex cabecilla de una partida, contrasta con los perversos juegos del frívolo Agila. La serena humildad de la madre Isabel parece un matiz intermedio entre la callada sumisión de la tía Rosalba y el inquebrantable orgullo de la vieja marquesa de Redín.
En un libro como éste no puede extrañar que la brutalidad de las ejecuciones arbitrarias conviva con escenas tan conmovedoras como la del bagajero que protege el cadáver de su hijo para que no lo pisen los soldados. Y no puede extrañar porque la acción se desarrolla en tiempo de guerra y en un medio rural. El peso de las leyes y las instituciones casi ha desaparecido, y un orden social primitivo renace entre los despojos de la feble organización del estado. La justicia pasa a ser ejercida por los particulares, y la compensación o el equilibrio se obtienen ahora mediante la venganza. La familia permanece como única institución segura, perdurable, que permita concebir un orden, y éste es un orden milenario, casi tribal, dictado nada más por el vínculo antiguo de la sangre.
La guerra carlista tiene la secreta fuerza de las viejas tragedias. Las peripecias de los personajes nos interesan por sí mismas y también porque nos permiten entrever algo de nosotros, porque aluden a una suerte de memoria de la especie que todos llevamos dentro, porque despiertan en nuestro interior imágenes o recuerdos de una vida anterior a la actual, de esa etapa en la que la sociedad acaba de crear los tabúes para garantizar su supervivencia pero aún no había creado las convenciones que hacen posible la convivencia.
Conserva la obra una envidiable frescura. El Valle-Inclán de La guerra carlista puede, como el de las Sonatas, transmitir por igual toda la intensidad de lo iniciático y de lo crepuscular. Acierta a combinar sin sobresaltos la visión mitificadora y la desmitificadora, y gracias a ello se hace heredero de la antigua tradición de los narradores orales a la vez que prefigura la nueva tradición de la novela moderna.
A su innegable modernidad no son ajenos los procedimientos empleados: la estructuración del material narrativo en largas tiradas de escenas independientes, la interconexión de éstas con una depurada técnica de montaje, los travellings con los que la mirada del autor recorre los escenarios con la movilidad de una cámara... Lo más sorprendente de todo es que Valle utilizó estos procedimientos -de índole claramente cinematográfica- hace ochenta años, en 1909, cuando el arte del cine se encontraba aún en un estado embrionario.
Pero ahora estoy hablando de técnica y al principio he dicho que Valle es uno de esos escritores que renuncian a la perfección técnica, al minucioso perfeccionismo del relojero paciente. Leyendo La guerra carlista, cabe preguntarse si tal perfección es posible. Si así fuera, cabría también preguntarse si resulta necesaria.
Ignacio Martínez de Pison
Grandiosos Valle Inclán o Baroja.
En vez de llevar estos autores al cine, tenemos que estar tragando, a Almodovar y
sus finuras, bueno, quién las trague, que yo no.-
Publicado por: Juan Rua | 08/26/2012 en 03:28 p.m.