Pedro de Basaldúa. Con los Alemanes en París. Paginas de un diario. Editorial Vasca EKIN. Buenos Aires. 1945
29 de Octubre.
Esta tarde, mientras paseábamos frente a la monumental iglesia de la Madeleine en dirección a la "Place de la Concorde", en la que flotan airosas las banderas nazis, nos han comunicado la muerte del aviador francés Lebaud. Nos dicen que murió poco antes de firmarse el armisticio y mientras prestaba servicios de enlace entre le metrópoli y Siria.
Con Lebaud, que piloteaba el Negus, el caza adquirido por el gobierno vasco al emperador de Abisinia, hemos realizado no pocos vuelos y vivido momentos de intensa gravedad y emoción. No olvidamos fácilmente esas trágicas horas.
Cuando emprendimos el vuelo, era aún de noche. Lebaud, así como las autoridades del aeródromo de Biarritz estaban en la creencia que nos dirigíamos a París. Fue en vuelo, pocos minutos después, cuando advertimos al piloto francés que cambiara de rumbo. Nos miró sonriendo. Sus ojos azules parecían iluminados. Los actos de heroísmo de Lebaud iban siempre acompañados de la sonrisa y el silencio.
Poco antes de llegar al aeródromo de Santander fuimos perseguidos por Ia aviación alemana. Lebaud aceleraba cuanto podía y tenía clavados los ojos en el firmamento. El Presidente Aguirre y el señor de la Torre dormitaban plácidamente. Tuvimos el tiempo justo de aterrizar, de saltar precipitadamente del avión abandonando las valijas y de correr al refugio del campo cuando las primeras bombas hacían temblar la tierra que pisábamos .
-¿Pero qué locura es ésta, señor Presidente?- le preguntaban asombrados todos- ¿Viene usted en estas circunstancias, cuando no existe otra obsesión que buscar el medio de escapar de esta ratonera?.
Por eso iba precisamente Aguirre. Porque entendía que era ésa su obligación dada su alta magistratura. El concepto del deber tiene raíces profundas en este hombre consecuente y sincero con la fe y el pensamiento que anima su alma.
Semanas más tarde los acontecimientos se precipitaron en forma inesperada. EI día 24, los primeros carros italianos llamaban a las puertas indefensas de la capital. Otros tanques habían cortado la carretera que conducía a Asturias. A mediodía, adelantándose en varias horas a cuanto teníamos previsto, hizo su aparición el Negus. La alegría de todos fue indescriptible: ¡por lo menos Aguirre y los Consejeros de la Torre y Monzón no caerían en poder del enemigo!.
Formada la guardia, presentes un buen número de amigos y funcionarios del gobierno, fue despidiéndose el Presidente, estrechando la mano a unos, abrazando a otros. Por primera vez hemos visto lágrimas en los ojos de Aguirre. También nosotros lloramos, como Rezola, lágrimas de emoción, de alegría más bien.
Al despedirnos de Lebaud, nos dijo sonriendo:
-A bientot!
-¿Hasta pronto?... ¡Hasta siempre!
-Non, non, á bientot!
Y nos estrecharnos la mano con fuerza.
Poco después el Negus se perdía en el espacio, a lo lejos, camino de Biarritz, de la liberación.
Cortado el camino de Asturias y concentrada la tropa vasca en Santoña decidimos intentar unirnos a ella. Armados de fusil emprendimos la marcha cuando la “quinta columna" abría las puertas de las cárceles de la capital y algunos grupos de falangistas animados por guardias de Asalto comenzaban a ocupar los organismos oficiales recientemente abandonados. El recorrido fue un calvario. Las tropas se replegaban en desorden ocupando las carreteras y caminos vecinales. La aviación se ensañaba sin piedad sobre aquella masa desorganizada que inconscientemente iba a caer en poder del enemigo. ¡Qué espectáculo terrible aquel desfile! ¡Y qué exaltación y locura desesperada se había apoderado de todos!. Al cruzarnos con el batallón comunista "Rosa de Luxemburgo" fuimos detenidos, insultados, amenazados con los fusiles. De nada servían las palabras, las explicaciones: era una cuestión de nervios, simplemente.
Esa noche la pasamos en Santoña. A la mañana siguiente desayunamos en la calle, en una de las cocinas dispuesta por la tropa. Miles de compatriotas se habían congregado en la plaza. Y todas las miradas se dirigían al mar, en espera de los barcos que habían de llevarnos a Francia...
Fuimos a almorzar a Laredo. Me acompañaban el secretario general de Defensa, José de Rezola, condenado a muerte meses más tarde. Estábamos en un pequeño chalet sobre le arena de la gran playa cuando, apenas sentados alrededor de la mesa, oímos voces y gritos:
¡Aviación, aviación! -exclamaban.
Corrimos a la arena y como muchos otros esperamos un nuevo bombardeo. Aquella mañana habíamos padecido varios. El runrún del motor era más fuerte a cada instante. De pronto en el cielo luminoso se hizo visible la silueta bien conocida del Negus. Y sin más, a toda velocidad, aterrizó a lo largo de la playa. Lebaud había cumplido su palabra y estaba allí sonriendo. Traía correspondencia, prensa y unos cigarrillos.
Reunidos con las autoridades del Partido Nacionalista Vasco, algunos de cuyos miembros iban a ser fusilados más tarde, faltando así a las cláusulas del armisticio ofrecido y firmado por las autoridades militares italianas -general Mancini, jefe de la división Littorio-, fueron designadas tres personas para regresar en el Negus. Así, de común acuerdo, se modificó la lista de nombres enviada por el Presidente Aguirre.
Poco después vimos salir del puerto de Santoña un vaporcito con buen número de vascos para embarcar en un destroyer inglés a bordo del cual había representantes del gobierno de Franco y del gobierno vasco fiscalizando un convenido canje de prisioneros. También aquí se abusó de la buena fe de los vascos.
Tan sólo habían transcurrido unas horas cuando el Negus aterrizaba por segunda vez en la playa. Fue entonces cuando emprendí el viaje. Comenzaba ya a oscurecer. Dio el avión una vuelta sobre Santoña en donde se amontonaban más de diez mil personas que por la traición de las autoridades militares italianas quedaban allí prisioneras y sometidas al invasor. El Negus se desvió a la derecha para evitar el fuego de los barcos de guerra franquistas que se paseaban a corta distancia de la costa.
Al día siguiente, en el aeródromo de Biarritz, despedimos dos veces a Lebaud. Así pudieron salir seis personas más. Aun hizo un tercer viaje pero tuvo que regresar sin aterrizar en la playa puesto que ésta se hallaba ya ocupada por las fuerzas italianas. La bandera de Italia había sustituido a la de Euzkadi en Santoña, en el "Gibraltar del Norte".
Vimos a Lebaud en París pocos días después de iniciada la guerra europea, la segunda gran guerra.
-Mañana salgo para Siria- nos dijo con naturalidad, con la misma indiferencia del hombre que fuera a tomar el subterráneo.
En uno de esos viajes que tanto amaba, ha perdido la vida. Ninguna noticia del Negus. Sabemos tan sólo que fue requisado por las autoridades militares francesas. Quizá haya tenido un final heroico como el del valeroso y gran patriota francés que lo piloteaba con tanta habilidad como pasión.
Comentarios