Por: Josep María Soria
Que los proyectos que se esbozan en Catalunya no siempre son bien recibidos por algunos sectores del resto de España, es bien conocido. En todas las ocasiones en que se han presentado reformas para un mejor encaje de Catalunya en España han surgido, como ahora, adalides del anticatalanismo. Nombres como Romero Robledo, el propio general Primo de Rivera o Ernesto Giménez Caballero, por citar unos pocos casos de la primera mitad del siglo XX, están en la memoria de todos.
En esta etapa, un político destacó por encima de todos. Se trata del liberal conservador Antonio Royo Villanova (Zaragoza, 1869-Madrid, 1958), catedrático de Derecho Administrativo por Valladolid, Universidad de la que fue rector. Asimismo, fue director de El Norte de Castilla a principios de siglo, y más tarde presidente del consejo de administración. Elegido diputado y senador, ininterrumpidamente entre 1911 y 1923, y en la Segunda República por el Partido Agrario, fue ministro de Marina en 1935 en el gobierno Lerroux. Royo, que rechazó colaborar con la dictadura de Primo de Rivera, fue por encima de todo una prolífica pluma que dedicó a combatir el catalanismo de Prat de la Riba, primero, y los proyectos de Estatut de 1919 y 1932. La de Royo Villanova es una militancia de 40 años contra el catalanismo. Publicó su primer ensayo en 1900, La descentralización y el regionalismo; y remató su misión en 1940, cuando Franco había arrasado la autonomía catalana, con Treinta años en política antiespañola.
No existe un estudio sobre el argumentado de Royo Villanova, pero Enric Ucelay-Da Cal, en su exhaustivo trabajo sobre El imperialismo Catalán (Edhasa, 2003) califica a aquel político de "maestro de anticatalanistas", que "con ruda franqueza evolucionó hacia la monomanía". Sobre el primer Royo Villanova, escribe Ucelay que para el político afincado en Valladolid, "como para las promociones del agrarismo castellano que le siguieron durante más de dos décadas, el catalanismo amenazaba con la tiranía de un egoísta poder industrial, abanderado de la desigualdad política con su afán proteccionista y capaz de imponer su voluntad a un Estado débil. Por el contrario, a ojos catalanistas, Royo, en vez de ser percibido como un maniático, parecía la cabeza de una gran corriente partidaria del poder agrario, dispuesta a asumir el antidesarrollo con tal de no ver triunfar (ni siquiera en forma de concesiones parciales) el proyecto catalán".
Hasta tal punto Royo personificó la catalanofobia que, en su fervor, llegó a traducir al castellano y publicar “La nacionalitat catalana” de Prat de la Riba para que sus compatriotas pudieran leerlo y combatirlo mejor. "No me cabe en la cabeza que Cataluña sea una nación", escribía Royo ya en 1900. "He ahí la obra a que deben dedicarse los intelectuales castellanos, los españoles que cultivan las ciencias políticas y sociales: la de discutir fría y serenamente con los catalanes, demostrándoles que aquí no nos asustamos de nada, y que se puede defender todo, pero que hay que dar a esas ideas tan graves el debido fundamento científico". Un deseo que no siempre supo mantener Royo y que, por supuesto, no siguieron, ni siguen, algunos de sus discípulos. Royo Villanova tenía un pensamiento claro que exponía sin ambages. Para él, el ideal catalanista era "negar la unidad espiritual de España, su nacionalidad, partiéndola en tantos pedazos como serían las llamadas nacionalidades ibéricas. Cataluña no estaría separada políticamente de España, aceptaría la suave tutela de un Estado federal español, pero yo prefiero a esa unidad política que se conserva, aquella unidad espiritual que se pierde con el nacionalismo". Este argumento será el eje de su discurso en el Congreso de los Diputados contra el proyecto de Estatut de 1919, aquel que murió con el estallido social de la huelga de la Canadiense, en la ciudad de Barcelona. Este mismo Royo Villanova resurge poderosa y mediáticamente en las Cortes de la Segunda República. Por entonces publica “Por la nación única: Un grito contra Cataluña”, que es un duro alegato contra cualquier concesión a Catalunya. Ni la más mínima. El 28 de julio de 1932 se celebró en la plaza de toros de Madrid un mitin contra el Estatut de Catalunya, que se hallaba a debate en las Cortes. El mitin fue convocado por diversas organizaciones y asociaciones de comerciantes, que paralizaron el centro de Madrid con un cierre de tiendas. Royo Villanova fue la estrella de aquella reunión.
En su discurso, tras calificar a la capital de "crisol donde se funde el sentimiento nacional", Royo dijo que "debemos decir a los catalanes: si vosotros no queréis nuestro idioma, nosotros tampoco queremos vuestros trapos", un recurso que se repite hasta la saciedad. Prosiguió refiriéndose a "esas naciones que han surgido por un hecho de fuerza", refiriéndose a las nacidas tras la Primera Guerra Mundial, para oponerle el argumento de que "España no perdió ninguna guerra y mantuvo una neutralidad a costa de la cual se hincharon los catalanes". "Con sus desplantes de ahora -prosiguió Royo-, nos agradecen que, en lugar de meter a Maciá en un manicomio, enviase allí el Gobierno a tres ministros para parlamentar con el presidente de la Generalitat. No podía llegar éste a más, ni España a menos". En aquel momento surgió un sonoro maullido entre el público. Royo miró hacia el sector de donde procedía y preguntó "si será el gato de Ossorio o el perro de Maciá", lo que suscitó grandes aplausos. (Ossorio y Gallardo fue un diputado proclive a las tesis catalanas y defensor de Companys en el consejo de guerra de 1934). Terminó Royo aseverando que "el Estatuto no pasará", porque "sólo por la fuerza perderá España su soberanía y Madrid su capitalidad".
Como es sabido, el Estatut de 1932 fue aprobado en septiembre de aquel año, tras la Sanjurjada. Entrevistado por El Sol, el diario de Ortega y Gasset, Antonio Royo Villanova declaraba que "el Estatuto ha sido limado" y que "en esta suavización creo que me corresponde una gran parte", aunque "es mucho más de lo que yo estimo que debe concederse a Cataluña" y que "tengo la convicción de que se hará precisa una revisión".
En 1979 el papel de agitador contra el proyecto de Estatuto correspondió a los restos del franquismo que pugnaban por sobrevivir y que se manifestaban, sobre todo, a través de la prensa y de dos diarios, El Alcázar y El Imparcial, que dirigía Emilio Romero. Precisamente este último se lamentaba en agosto de 1979 del "nuevo golpe de piqueta a las estructuras que hicieron una España grande, en que tanta participación tuvieron las gentes del Bruch, de la defensa de Gerona, de la roca de Montserrat, de tantas cosas entrañables".
Un epígono de Romero, llamado Juan Pla, escribía aquellos mismos días que "de cada cien españoles, noventa creen que la autonomía catalana es un negocio -no una negociación política- entre el honorable Tarradellas y el no menos honorable Adolfo Suárez. ¡Se están poniendo las botas'!". Pero eran gritos en el desierto. Desde su solitario escaño del Grupo Mixto, el notario Blas Piñar, de la franquista Fuerza Nueva, seguía aquel negocio con la mirada hierática y un silencio nostálgico. Quién sabe si soñando en unas huestes que hoy vuelven a presentarse enhiestas.
Hace muchos años que ese personaje pasó a mejor vida, ni el tato se acuerda de él y ayer vimos que el nacionalismo catalán está muy fuerte, muy vivo. Efervescente.
Que sean conscientes los antivascos profesionales y sus acólitos mediáticos de que cuando sus huesos se hayan fundido con el polvo de la tierra, Euskadi será independiente.
Publicado por: Vasco malo | 09/12/2012 en 07:24 a.m.
Aunque bien pensado, me parece que la efervescencia de ayer puede relajarse con un buen concierto económico. La pela es la pela.
Publicado por: Vasco malo | 09/12/2012 en 10:37 a.m.
Yo tengo un libro de una tal Royo-Villanova sobre modales. Seguro que es su nieta o algo.
Publicado por: Donatien Martinez-Labegerie | 09/13/2012 en 12:47 a.m.
Algún dato está equivocado. Su primer trabajo no es de 1900, sino de 1908.
Desde luego, se habla del personaje desde una óptica porque desde otra se le calificaba de "campeón de la unidad nacional". Convendría ser bastante más objetivo y, por supuesto, leer sus obras para calificarlo de "maestro de anticatalanistas".
Publicado por: Antonio C.V. | 09/16/2012 en 04:15 p.m.