Su obra no necesita de panegíricos, pues está a la vista de todo aquél que quiera verla. Su propósito "construir una iglesia vinculada al progreso, porque la iglesia somos nosotros los que la componemos". "Ha dedicado sus más nobles tareas y esfuerzos a la promoción humana y cristiana de la gente". Estas frases se las dedican sus compañeros de lucha en la construcción física y espiritual de Beni, lugar donde Carlos Anasagasti dejó 35 años de su vida de esperanza e ilusión.
Carlos Anasagasti Zulueta nace en un caserío bermeano en el año 1911. Ingresa a los 11 años en el colegio de Aránzazu. Realiza estudios de Teología y Humanidades, a los 22 años se traslada a Alemania para ampliar sus estudios, más tarde cursará filosofía en Olite. En 1933 se ordena sacerdote, y es enviado a Zarauz donde realiza tareas de profesor, al igual que en Aránzazu donde se traslada más tarde e impartirá clases de Humanidades.
Con el estallido de la guerra entrará de capellán de gudaris en el batallón Muñatones. A continuación presentamos una parte de su testimonio escrito sobre la guerra.
Llega la guerra
"Salsibar-errota, viejo caserío, con su río, prados y maizales, estaba triste. El susurro del río semejaba el llanto del caserío, solitario. El canto extraño de jota de "gudaris" encartados producía todavía más tristeza y aflicción. Caseros de Euzkadi, ¡cuán grande ha sido vuestra desolación!. Mi primer sentimiento de tristeza la experimenté a la sombra de aquel caserío".
"Cuatro jóvenes hacían guardia en los parapetos de sacos, levantados en los vanos de las ventanas. Sus ojos miraban con insistencia hacia arriba; -arriba estaban ellos, los fascistas, que la tarde aquella, mi primera en el frente, andaban revueltos".
Estas son las impresiones de un joven sacerdote en aquellos sus primeros escarceos por el frente.
Además de un orador incansable, ameno y grato, Carlos Anasagasti es un gran poeta y escritor. Los apuntes entresacados de este diario de la guerra así nos lo demuestran.
El "Ejército de Euzkadi" pude adivinarlo inmediatamente, era guerrero, pero no militar, con el soldado esclavo, del Ejército español. Las fórmulas rutinariasy esclavizantes no cuajaban en el alma vasca.
El capitán Errazti era un hombre entrado en años, voluntario de primer día, hermano de otro cura, condenado por los fascistas a muerte, religioso, aunque un tanto guasón. Era ajustador de profesión; pero enfermo de un mal de estómago, se hallaba imposibilitado de trabajar. El frente "gran médico" le curó de todos los achaques y comía escabeche que era un primor.
Amargos y gratos recuerdos
"Elgueta está unida a mí por amargos y también gratos recuerdos. "Caseríos de Elgueta, vosotros sois mi mayor y mejor recuerdo", caseros os saludo desde este suelo privilegiado".
"Allí es donde ví por primera vez la tragedia de la guerra, de la madre que llora a su hijo cadáver. La muerte fue instantánea. En la oscuridad de la noche moría un joven, 24 años, de Berango, con un tiro certero y criminal en la nuca. Misterios ocultos de la vida. Su hermano capellán del Larrazabal, paseando el día anterior por aquellos frentes, se encontró impensadamente con el hermano. Charlaron y comieron juntos; el hermano gudari estaba loco de contento. Su hermano lo notó; aquella alegría no era natural. Se despidieron, el capellán marchaba triste y pensativo, su hermano estaba demasiado alegre. A la noche dejaba de existir. No puede llegar la muerte, tan impensadamente, sin saberlo las fuerzas ocultas de nuestra naturaleza".
Fatal noticia
"Fui yo el encargado de ser nuncio de la fatal noticia -prosigue Carlos Anasagasti-. Monté en un auto camino de Berango. Pensar que aquel auto era portavoz de tanta tragedia. El auto seguía su marcha y tragaba kilómetros, como en los días de fiesta. Me acompañaban el comandante y el capitán del batallón. Llegamos a Berango, me apee del auto y a pasos lentos, con una tristeza muy grande en el alma, enfilé hacia el caserío. Una mujer, de unos 35 años y un hombre de unos 40 charlaban meditabundos en el portal. Quizás hablaban de su hijo. Sus ojos se clavaron en mí, yo no había todavía desplegado los labios, cuando la mujer, la madre, besándome los cabellos, los ojos inundados en lágrimas, al grito entrecortado de "ene Miguel, hil da" lloraba, loca de pena. Pensé disimular, pero no fue posible, "bai hil da, les dije, lloró el padre, con gemidos desgarradores, lloraban los hermanos, a su mejor hermano, y lloraban los verdes campos de la campiña. Y allá lejos su hermana que adivinó la noticia, caía desmayada, ahogada en un mar de dolor. A la vista de aquel cuadro desgarrador, maldije la guerra, desde lo más profundo del alma, y maldije con maldición de muerte, a los hombres que la trajeron. No hay corazón, bronce que no derritieran aquellos llantos y gemidos.
Una noche de marzo, fría y silenciosa, una hilera de autos serpenteaban por las calles de Elorrio, con 500 hombres que vibraban al eco de una sola emoción, ¡a casa!, qué alegría la de aquellos hombres!, ¡a casa!, repetían todos, y en casa: limpia ropa, una blanda cama, una novia y una madre. En la calle alegría, tranquilidad, y sonrisas femeninas. En el café, sus amigos eternos.
¡Bermeo!, gritaban algunos, Bermeo, con sus casitas escalonadas, sus blancas ropas tendidas al tenue calor del sol invernal, con su puerto, cuajado de vaporcitos, su mercado humeante de sangrantes peces, sus mujeres con la sayas remangadas, las aldeanas con sus cántaros de leche y sus mejillas sonrosadas y a la puerta el gran batzoki con su bandera tricolor.
En las tabernas los gudaris del "Intxarkundiak, cantaban: ay Madalen, Madalen...
La rendición
Los gudaris del Ejército Vasco desfilaron también como vencidos ante las tropas vencedoras en ceremonia de rendición. Más de uno, ante último cuadro del drama de Euzkadi y ante aquel espectáculo humillante lloraba de vergüenza y de dolor. Al desaparecer el sol en aquel 28 de agosto tras los picos de los montes desapareció también de la escena el mejor ejército del mundo, el Ejército de Euzkadi.
El pacto... todos hablaban del pacto. Santoña, la noche nos sorprendía en el fatídico muelle, allí teniendo el suelo por lecho cabeceamos unas cuantas horas interrumpidas constantemente por el frío que nos pasmaba y por los sustos. Nadie pensó que aquella noche del 26 era el último de nuestra libertad, ni que el 27 que apareció radiante de luz y belleza, sería el primero de nuestro cautiverio.
Las cárceles
A eso de las 9 de la mañana comenzó la escena histórica, que recordarán un día los anales de la historia de Euzkadi, en la que fueron hechos presos miles y miles de vascos.
Al cabo de pocos días resultó que el Dueso estaba inundado de condenados a muerte, sin embargo el buen humor no desapareció de allí, y hasta se permitían los penados a muerte ridiculizar a los jueces. Nadie creíamos entonces que se llevarían a cabo aquellas sentencias arbitrarias y monstruosas.
El día 5 por la mañana comenzamos a declarar los capellanes. El juez instructor era un hombre alto y de rostro pálido, pero de mirada viva y muy comprensivo, le acompañaba un mecanógrafo que anotaba nuestras declaraciones. Me preguntó el nombre del pueblo donde nací y en donde me cogió el movimiento y la orden a que pertenezco. Después me preguntó por mis simpatías políticas y yo claro está le dije que las mías estaban por el PNV, por ser vasco y ser católico. También me preguntó si pude haber pasado a la zona de Franco y mi contestación fue afirmativa, pero que no lo hice porque yo me creía párroco de mis chicos, que eran católicos y solicitaban los sacramentos".
Huida a Paraguay
Hasta aquí hemos entresacado la visión de Carlos Anasagasti, durante aquellos días de guerra, de este diario que escribió con sus impresiones sobre la tragedia del Pueblo Vasco.
Del penal del Dueso, Monseñor Anasagasti fue trasladado al campo de concentración de San Pedro de Cárdenas, donde entabló una amistad que duraría años con Juan de Ajuriaguerra.
En 1939 consiguió salir del país con pasaporte falso, con destino a Paraguay, país en el que residió doce años, construyendo una iglesia y un puente durante esta estancia.
"En el momento que yo arribé en estas tierras había una gran carencia de todo tipo de especialistas que pudieran levar a cabo cualquier obra".
Como anteriormente mencionamos Monseñor Anasagasti fue un hombre tremendamente polifacético, dirigió la construcción del puente, de la iglesia, sin tener apenas conocimientos en la materia.
En 1951 aún joven Carlos Anasagasti parte para Bolivia como obispo de Beni, donde desarrolló una gran labor pastoral, durante 35 años.
"He tenido a Dios por copiloto"
"Cuando llegué a Bolivia el país estaba muy poco desarrollado, apenas había carreteras, la comunicación entre los diversos pueblos era tremendamente difícil, bueno es recordar a Trinidad de aquellos días de la década de los cincuenta. Un pueblo con ocho o diez mil habitantes, con un "sistema" de carreteras, por hablar con eufemismo, que por un lado terminaba en la pista, por otro en el arroyo y por otro en el hospital. Dos vehículos destartalados y una góndola con asientos de madera y abierto portados los costados. Tuve que aprender a pilotar una pequeña avioneta, dadas las dificultades de comunicación existentes. La verdad es que he tenido a Dios por copiloto, porque cuidado que ha tenido accidentes y nunca me ha pasado nada".
Tras treinta y cinco años de permanencia en Bolivia Monseñor Anasagasti cambió radicalmente, destacándose la obra pionera de este gran hombre, en todos los rumbos de pro¬greso.
Colegios, asilos, comunidades de religiosos, más de veinticinco obras de envergadura jalonan la vida de este hombre dedicado por entero a la promoción humana y cristiana de un pueblo. Y el único obispo que ha dado Bermeo.
Euzkadi en el corazón
Carlos Anasagasti nunca olvidó a su patria, sus numerosos viajes y contactos con Euzkadi así lo confirman.
Varias estancias fueron bautizados con nombres euskaldunes como Donostia y Baskonia. El Athletic siempre estuvo también en el corazón de este bermeotarra recordado en las tierras lejanas de América. "Teníamos un equipo de fútbol que llevaba las mismas camisetas, nosotros nos sentimos así un poco más cercanos a nuestra tierra.
Monseñor Anasagasti opinaba que es necesario respetar la idiosincrasia del pueblo boliviano. "Nuestra labor es ayudarlo a desarrollar sus posibilidades naturales de la tierra. El ganado, enseñarles a que se alimenten correctamente, etc. Pero sin tratar de olvidar su riquísima cultura". Ya de vuelta en su caserío de Bermeo, Carlos Anasagasti, añoró mucho su vida en la diócesis de Beni, y siempre consideraba que quizás realizaría algún que otro viaje".
Ana Atxutegi
María Mentxaka
Una generación de vascos, los mejores, que salieron a defender su patria con su vida, el más alto sacrificio, y todavía no hay ningún monumento que les llegue a su altura. Sacrificaron su futuro, su tiempo, su hacienda, para defender EUZKADI. Fueron traicionados por unos y por otros. No lo hagamos nosotros también ahora enterrándolos en el olvido. Merecen todos ellos un lugar preferente en esta nuestra tierra que recuerde su gesta y sacrificio. GORA EUZKADI ASKATUTA!!!!
Publicado por: NI NEU | 09/20/2012 en 05:10 p.m.
Grandes combatientes sí, que pactan en secreto con el enemigo no luchar y dejan colgados a sus compañeros de trinchera...
Publicado por: Kiko | 03/20/2013 en 10:21 a.m.
Jajajajaa. Estos de Polonia es que son la repera. Saben cotncear con el sentir general y a lo tonto a lo tonto, las van tirando.A ver si de una vez la gente se conciencia de lo que pasa, lo malo es que mientras los afines al inmovilismo sigan aturdiendo los cerebros del personal con revistas y programas del corazf3n, donde explican lo buenos que son, lo bien que lo hacen y sigan haciendo especiales de la bbc (bodas, bautizos y comuniones) de la realeza, no iremos a ninguna parte.Saludos.
Publicado por: Antero | 04/17/2013 en 11:00 a.m.