GENIO EUSKALDUN DE LA GUERRILLA MONTAÑERA Y URBANA
Sencillo y expédito resultaría decir que si Manuel Ignacio Santa Cruz y Loidi, guerrillero presuntamente carlista, cura y estratega, se hubiera encontrado en una taberna y en tiempo de paz con Aviraneta, el hombre de acción cuyas memorias reinventó su lejano sobrino Baroja, el carlistón tradicionalista y el liberal masónico hubieran confraternizado. Caben muchas reticencias al respecto. El Cura tenía una coartada que le servía de estímulo, de apoyo, de autosugestión, y, sobre todo, de justificación para sus atrocidades: Dios. Es decir, el Jaungoikoa de sus mayores; un Jaungoikoa inflexible y tiránico capaz de contemplar impertérrito, desde el fondo de las conciencias de sus devotos, todo desafuero cometido en favor de Su Causa; un Jaungoikoa primitivo y cerril, mezcla de Baso-Jaun y Polifemo; un Jaungoikoa sin descafeinar a pesar del cristianismo. Cualquier opinión progresista (aunque se tratara de un progresismo tan aséptico como el decimonónico) de Aviraneta, hubiera crispado al Cura, le hubiera hecho bufar y salir de la habitación dando un portazo, no sin advertir a su interlocutor que los impíos como él acababan muriendo sin confesión, y después destinados al infierno. El cerebro del Cura es un cerebro tan primario como el Dios obsesivo y paranoico que lo habita. Santa Cruz no quiere saber de divinidades mansas, ni de taumaturgos apacibles. Tolera a Jesucristo como se toleran las impertinencias del niño de la casa, y lo venera porque está en el Dogma; pero no puede admitir lo de poner la otra mejilla, ni mucho menos perdonar a los enemigos. Además -y es posible que ello le acarreara muchos problemas de conciencia, porque el Cura la tenía, pese a la opinión de sus enemigos- Santa Cruz se rebela contra la apatía y la imperturbabilidad de su Jehoyá-Jaungoikoa: no quiere ser cura de oración, sino cura de acción. En su preferencia por el Dios draconiano y autócrata, el Cura Santa Cruz constituye el primer paradigma de la contradicción sotana-militancia. Por eso tiene mucho de Anticristo. Por eso sus contrarios, sorprendidos por la genialidad guerrillera con que les burla o hace rendir, le llamaron Aztia, El Brujo, y Diabrua, El Diablo. Pero que conste que, de tener vendida su alma, Manuel Ignacio Santa Cruz y Loidi se la tenía vendida a Dios. El precio: la libertad individual de evangelización entendida a su manera. Nada menos. Ah, y el derecho a meterse en política.
"Apaiz txikixa"
Era Santa Cruz, según descripciones de sus contemporáneos, de estatura mediana. Muy posiblemente el mote con el que se le conoció cuando era coajutor de Hernialde ("Hernialde'ko apaiz txikixa") se debe a su reciedumbre de estampa, a su corpulencia de hombros, a su constitución vigorosa, cuadrada, que le restaba en apariencia centímetros. Esta predisposición física de montañero se le había desmejorado en la vida de seminario, donde había ingresado a los 19 años -esto fue en Gasteiz, en el seminario Aguirre- y se le volvió a desarrollar, según testimonio de sus feligreses, a lo largo del año y pico pasados en Hernialde.
Una fotografía de estudiante nos lo muestra ceñudo, de mirada penetrante y suspicaz, avanzado el mentón con soberbia; uno se atrevería a decir que se trata de una cara de visionario, pero nada más alejado de nuestro Cura que las fantasías y los éxtasis. Sus clarividencias eran prácticas e inmediatas. Estaba convencido de que a Dios el hombre no le puede ver, si no es a través de una trágica y grandiosa intuición, instinto que no estorba a los otros, a los terrenos; a los buenos y a los malos. Para Santa Cruz, los buenos instintos son aquellos que ayudan a entrampar o esquivar al enemigo; a anticiparse en la acción o en la no-acción para conservar siempre la iniciativa en el monte. En cuanto a los instintos malos, el Cura los tiene bien clasificados y prohibidos: la gula, el relajo, la mujer. De esto ya hablaremos más adelante.
Ahora haremos un breve bosquejo biográfico, hasta su primera escapada, que narraremos con todo detalle.
Había nacido Manuel Santa Cruz Loidi en Elduayen, el 23 de marzo de 1842. No se sabe nada, a través de documentos consultados, acerca de la infancia de este chaval de pelo y ojos castaños, ni de sus padres. Sí se sabe de un tío suyo, Fray Francisco Antonio Sasiain y Santa Cruz, que le enseñó al muchacho latín y humanidades.
Tal maestro, tales disciplinas, el entorno y el apellido predisponían al futuro Cura. Otra cosa no iba a poder ser. Era carne de seminario por circunstancias ineludibles.
Tras su paso por el de Gasteiz, tal y como se apuntó, se ordenó Presbítero a título de Patrimonio en 1866. En 1868 toma la coadjutoría de Hernialde, y consta en los libros de la Parroquia, con fecha de 1869, como Rector interino, hasta el día 6 de octubre de 1870.
Esta es una fecha fundamental en la vida del guerrillero. En la mañana aquella burló a quienes le iban a prender, se despojó de la sotana, y se echó al monte.
Una escapada del cura
Vamos a tratar de resumir los hechos, y a condensar el ambiente del relato que hizo, para la Historia, un testigo de excepción de la primera artimaña del Cura para zafarse de sus perseguidores. Dicho testigo, entonces muy joven, fue el que en los años veinte desempeñara en Cizurquil las funciones de párroco, y se llama Elías Ateaga, hijo de Antonio y de Francisca, de la casa de Urrutikoetxea en Hernialde.
La vida del Cura en Hernialde transcurría, en apariencia, plácida y monótona. Por las mañanas, muy temprano, celebraba su misa, y como la casa de Olozaga, donde se hospedaba, le caía lejos y cuesta arriba, solía ir a desayunar al caserío Urrutikoetxea. Santa Cruz, amigo de la familia, era apreciado como persona simpática y afable, que no le había ocultado a nadie sus preferencias políticas pro-don Carlos, que hacía bromas y donaires con volubilidad, que jugaba al mus teniendo buen perder, y que le enseñaba el Catecismo a los niños en la escuela, mostrándose comprensivo y paciente excepto cuanto le tocaban un punto: la falta de respeto en la Iglesia, pecado que castigaba con rigor.
(Aquí, y permítase el inciso, se empieza a dibujar el sentido de la disciplina del Cura. Si a los niños irreverentes les ponía de rodillas o les propinaba capones con los nudillos y palmetazos, a los mozos de sus partidas les tendría prohibido más tarde "soltar ternos o tacos, y palabras soeces". La blasfemia la consideró "caso de procedimiento sumarísimo". Su gente no podía bromear con mozas, y mucho menos bailar con doncellas, y muchísimo menos si tales doncellas habían dejado de serlo, o si se les presumía alguna propensión a dejar de serlo con facilidad. En cierta ocasión, hallándose detenida su partida en Araoz, parroquia de Oñate, alguien le fue con el chivatazo de que algunos de sus cuadrilleros habían estado "bromeando más de lo debido con costurerillas de la localidad". El Cura formó a la gente en la plaza, los arengó diciendo que "gente que había ofrendado su Causa a Dios no podían entretenerse en ofenderle", y que con aquello "no podía esperarse ni Su protección". Después, ordenó dar de palos a los coqueteantes, no sin advertirles que, a la próxima reincidencia, serían fusilados sin más).
Íbamos diciendo que la vida de Santa Cruz como Rector de Hernialde no tenía más misterios que uno muy concreto, y que le valdría el que, en varias ocasiones, le recomendaran prudencia: tal secreto era el de los más y los menos que había tenido con alijos y contrabando de armas y cartuchos para los sublevados de don Carlos, y que había ocultado en la casa de Aquél que había decidido que el Pretendiente subiera al trono: en la Iglesia.
Cuenta Elías Ateaga que siendo fines de septiembre o primeros de octubre (la fecha exacta es el 6 de octubre de 1870), vio venir muy de mañana por el camino de Tolosa a un destacamento de militares de infantería al mando de un capitán, y se dijo que, como iban hacia la Iglesia, donde el Cura Santa Cruz estaría diciendo su misa, irían a prenderle por sus conspiraciones.
El Cura sabría escurrírseles entre los dedos con sangre fría poco común. La cosa merece párrafo aparte.
"Don Manuel’ek iges egin du"
Los soldados estaban enfrente de la Iglesia, y asomaban por el pretil. En estas, Elías Ateaga, que era hijo de la casa de Urrutikoetxea, vio que por la puerta de la bodega de éste su caserío asomaba una figura de hombre y que se volvía a ocultar enseguida. Es preciso aclarar, para explicar la peripecia que sigue, que el "upategi", o bodega, daba a la heredad, a unos campos, y que estaba a ras de tierra, aunque para los que entraban por la puerta principal o por la cuadra del caserío, estaba en un sótano, y esto porque el camino que contornaba el edificio subía en curva y en cuesta.
El hombre volvió a aparecer, vio a Elías, escondió de nuevo el busto atrás. Estaba el mayorazgo pensando qué hombre podía ser aquél cuando, al acercarse más, comprobó que se trataba del Cura, vestido con boina, elástica y pantalones del padre y etxekojauna, Antonio Ateaga.
"Con una mirada", cuenta el futuro párroco de Cizurquil, "me preguntó si había alguien. Yo dije que no con la cabeza, y entonces él encogió el cuerpo, atravesó en dos zancadas el trozo de heredad, y desapareció en el maizal. Yo, corriendo, di la vuelta a la casa, y fui donde mi madre:
-Ama ¡Don Manuel'ek iges egin du!
-Egon zaite ixilik!- me contestó ella, asustada".
Al parecer, el capitán había ido a la Iglesia, y le había enseñado a Santa Cruz el parte u oficio que traía para prenderle. El Cura se mostró dispuesto a seguirle, haciéndose el gixajo y el obediente. Lo único que les pedía a los oficiales era que le dejaran desayunar como siempre, en Urrutikoetxea. El capitán accedió, y Santa Cruz fue a la casa acompañado por cuatro militares, "entre ellos un teniente de la Guardia Civil, que era de Vergara, y el único vascongado de todo el piquete". (Detalle curioso. Este oficial de la G.C., posteriormente, y cuando interrogaron a la familia de Urrutikoetxea, resultaría un testigo favorable y amistoso. El euskera suele unir por encima de la barrera ideológica).
Santa Cruz invitó a los militares a leche, a chocolate, o a un vaso de agua por lo menos por si "estaban sofocados por la caminata". Pero los cuatro guardianes no aceptaron nada, ni siquiera una silla, y prefirieron esperarle echando un cigarro y sentados en los troncos que había frente al caserío de Urrutikoetxea, en su parte alta, es decir, vigilando la puerta principal.
El Cura, riendo para sus entresijos porque se confirmaba que casa con dos puertas mala es de guardar, pasó adentro, se bebió de un sorbo una taza de chocolate y un vaso de agua, y empezó a despojarse con toda tranquilidad de su teja y su sotana. Y como en aquella estancia había ropa del etxekojauna Antonio Ateaga, Santa Cruz vistió pantalón, abarcas, medias gruesas y un elástico, es decir, uno de esos jerseys de lana azul con dibujos rojos que algunos siguen llamando impropiamente "kaiku", se colocó una txapela frunciéndole el vuelo hacia la nariz, y bajó al upategi, donde se hallaba la madre de Elías Ateaga, dándole un susto de muerte. Por entonces, ver a un cura de paisano era algo así como una alucinación.
Sabía latín
Este fue el diálogo, antes de emprender Santa Cruz su azarosa vida de guerrilla que iba a durar sólo nueve meses, y estos divididos por tres destierros en Euskadi Norte-. Le dijo a etxekoandre:
-Ez ikaratu, Pantxika. Ondo dabillenari, Jainkoak lagundu egiten du. Eta Antonio etortzen danian, esaiozu zer gertatu dan. Beiñ eramango zaitute Tolosa'ra deklaraziotara, eta beste beiñ Donostira. Eta Tolosa'n esaten dezutena, ber-bera esan Donostia'n, itz guziok!
-Jun bedi ¡Jaungoikuagatik!
Poco después, los centinelas se impacientaban, y Pantxika tuvo que subir a decirles que el Cura se había largado. Que no estaba allí. Se armó la de Dios; el capitán se tiraba de las barbas pensando en el ridículo que iba a hacer al volver a su cuartel con tres palmos de narices. Tal vez fuese el primero, pero no iba a ser el último. Si bien es preciso pensar que las Humanidades enseñadas por el tío fraile al futuro Cura no habían sido bien asimiladas, lo que no puede negarse es que sabía latín.
El teniente de la Guardia Civil euskaldun tranquilizaba a la etxekoandre diciéndole en euskera que ella no tenía culpa. Y mientras la tropa registraba las metas y los montones de paja con las bayonetas, llegó de Etxeolozaga una chica de aquel caserío y le dijo con disimulo a la de Urrutikoetxea que el Cura estaba a salvo, y que se lo mandaba decir.
Antes de partir el destacamento, el teniente de Vergara dijo:
-Ha sido un exceso de confianza admirablemente aprovechado por el Cura. Y añadió:
-Si me encuentro a ese hombre en España, lo tendré que castigar. Pero si nos vemos en Francia, le convidaré al mejor café.
Dudaremos, como en el caso de Aviraneta, que el guerrillero Santa Cruz hubiese acepta¬do un café mano a mano con un Guardia Civil.
La audacia es la mejor astucia
Se cree que, una vez escapado de Hernialde, Santa Cruz fue a Zarauz, y que allí estuvo con el alcalde Vea-Murguía (muy liberal y amigo de Urdampilleta), y que éste, pese a todo, le prometió no hacerle nada en tanto no tuviese orden de detenerlo; es más, por lo visto se ofreció a acompañarle personalmente hasta la frontera, recomendándole, es decir, conminándole amablemente a que se exilara. Pero el Cura, de aldeana suspicacia, no se fio del liberalote.
Pasó casi una semana guarecido con unos franciscanos en la casa de Ormaetxea que está frente al convento. Aquellos franciscanos eran de su misma cuerda rebelde, habían tenido que ver con el levantamiento abortado de 1870 -el año que corría- y estaban expulsados de su monasterio. Le insistieron a Santa Cruz para que confiara en don Cayo Vea-Murguía, pero a aquél le olía la cosa a chamusquina, y una mañana se metió en la diligencia-correo que iba a San Sebastián.
No llegó a la estación de término. Siempre en trayectorias sinuosas, siempre borrando su rastro; siempre planteando pistas falsas, en carreteras y en vericuetos montañeros, Santa Cruz desconfió de que pudieran estar esperándole para echarle el guante, y se apeó en Andoain.
Su guardia personal "Erreteitxiki" refirió así cómo llegó desde Andoain a la frontera:
"En Andoain, el alcalde le recibió y socorrió como a pordiosero. Se buscó el Cura un guía, y emprendió camino a pie hacia Oyartzun. Allí, el guía creyó mejor, por precaución, rodear el poblado, que estaba saturado de guarnición.
Santa Cruz, por el contrario, creía en la táctica de la audacia; estaba convencido de que el mejor disimulo es no disimular. Le dijo al guía:
-Tú sigúeme, y calla.
En la plaza, oyó que le gritaban: "¡alto!". Y él siguió, impertérrito, "¡alto!", que le vuelven a gritar. Y el Cura, haciéndose el sordo. "¡Alto, quién vive!", por tercera vez. Y entonces respondió Santa Cruz:
-¡España!
-¡Qué gente!
-Si sabré yo mismo qué gente, con tanto trastorno como hay...
Y el centinela rió, y le dejó pasar. Entre¬tanto, el guía había desaparecido, dejando solo al Cura. Este pasó la noche en una cuadra, en Irún, y con la amanecida cruzó la frontera. Esta historia solía contarla muchas veces Santa Cruz..."
Muy posiblemente, la utilizaba como sucedido pedagógico. Como parábola guerrillera: la mejor astucia es la audacia.
El cura y su partida. Retrato de familia con bandera negra
El Cura Santa Cruz aparece como Capellán Castrense en los Batallones de Guipúzcoa, durante la campaña relámpago de abril-mayo del 1872. Debuta como general guerrillero en junio, presentándose en Los Mártires de Azkoitia a la cabeza de 24 mozos. En agosto del mismo año cae prisionero en Arrazola (Bizkaia). Le meten, como reo en capilla para fusilarlo, en la Casa-Ayuntamiento de Aramayona, y, escurridizo como siempre, se escapa con las sombras y vuelve a cruzar el Pirineo.
Al Cura Santa Cruz nunca se le conocieron armas en la mano. Sólo una makilla de metro y medio, un bastón de mando con el cual imponía castigos a varazos. En cuanto a los fusilamientos, los dejaba a cargo de su gente con estas palabras: "Llevadlo a la foz, y cuatro tiros". Tenía 30 años cuando su campaña principal, siete meses y días intensísimos, de aventura constante a la sombra de la bandera negra que se fabricó para su partida, y que con el tiempo acabaría sustituyendo a la nacional. Esta bandera tenía bordada una calavera y un lema en letras doradas: "GUERRA SIN CUARTEL". La solía llevar su abanderado Martolo el Tuerto. Usaba Santa Cruz zamarra y chaleco negros, pantalón gris oscuro remangado hasta media pierna, polaina baja y alpargatas. A veces, y por mor de su profesión de sobresaltos, vestía blusa de pastor o de baserritar con elástica de dibujos rojos y abarcas. No bebía, ni fumaba. Su único vicio gastronómico: los perretxikus, que recolectaba en abundancia su gente en bosques y despeñaderos. Por lo demás, lanza esta diatriba contra los compañeros de partida refugiados en Francia: "Allí se les ve engordando, devorando chuletas con pimientos morros, y no puede ser. Mi gente ha de saber ayunar, dormir en la nieve, aguantar dos y tres días de marcha sin probar bocado..." Durante la campaña, el Cura jamás durmió en cama. Se tumbaba en una alfombra, o envuelto en capote militar. Solía dormir muchas veces sentado, con un objeto de peso en la mano, para que al caer le despertara, evitándole un sueño profundo.
Le gustaba la música, aunque tenía mala voz y atiplada. Su partida siempre llevó txistu y tamboril para enardecer las caminatas y las escaramuzas.
Antes le he llamado a Santa Cruz "presunto carlista". Es cierto. Santa Cruz es, ante todo, un santacrucista, un individualista de la guerrilla. Don Carlos es un pretexto, un objeto aleatorio, porque lo ha elegido Dios, y el Cura es, en tal caso, y valga el término, "Diosista". Un general de su Jaungoikoa terrible y mítico. Se enfrenta por ello con los otros generales, sobre todo con Lizarraga, su aliado y enemigo acérrimo para el cual el guerrillero constituye una pesadilla castrense, no sujeta a disciplinas ni a razones. La tozudez del Cura es, además, berroqueña. No indulta. No revoca. Fusila, apalea, empluma, dicta bandos expulsando a las sospechosas de prostitución, con pena de fusilamiento si vuelven a ser vistas en los territorios que él domina.
Durante 1872-73 fue dueño absoluto de Guipuzkoa. Protoinventor del sistema de tributos que después utilizaría la mafia, el "salvoconducto de protección" firmado por él, y de distinto precio según la categoría y hacienda del "protegido", se apodera manu militan de los caseríos que le convienen, aunque paga religiosamente las vituallas consumidas en ellos.
En cierta ocasión, la hermana del Cura es encarcelada, y le amenazan con fusilarla para coaccionarle. El Cura contesta "Que eso es de cobardes, y que, o la sueltan, o dinamita el viaducto de Ormaiztegi". Cuando uno de los pilotes empieza a resentirse, ponen a su hermana en libertad a toda prisa.
Algunos elementos de la partida
El más novelesco tal vez sea Agustín Orue, "Karraskintxo", del caserío Karraskain, en Garagarza de Mondragón, en la mojonera triple Araba, Gipuzkoa, Bizkaia. Era espía y confidente del cura, ágil y pícaro, chiquitajo, pastor que se conocía todas las grutas y recovecos entre Udala y Anboto. Burlaba a sus perseguidores poniéndose a cuatro patas y confundiéndose con el rebaño.
Xabalo, oficial del Cura, sabía de la importancia que tenían los "chivatos" en la campaña, y aprobaba su fusilamiento: "Informaban de nuestras marchas y contramarchas. Era preciso escarmentarlos, y ejecutamos al de Etumeta, que ganaba 25 pesetas diarias como espía, y también a un tal Artzaia".
Errotaia (José María Narbarte), de Oyartzun, junto con el teniente Olarra, fue cabeza de turco, y los defensores del Cura dicen que las tropelías que estos cometían a sus espaldas se le atribuían luego a su jefe. Mataron al padre de Kortxo, otro de la partida, en Astigarraga. Remataron a dos heridos en Endarlaza. En una de las expulsiones del Cura, aprovecharon y se llevaron los dineros de la recaudación de Aduanas (otro sistema de intendencia de Santa Cruz).
Praxku Bordagarai'ko, comandante de la zona de Oyartzun, Intimo del Cura. Murió fusilado en Ormaiztegi, donde hay un monolito que lo recuerda, por el general Montserrat, junto con Esteban Indart, "Corneta de Lasala", cornetín de órdenes de la partida junto con su hermano Aniceto. Jardinero de profesión, había aprendido a tocar la turuta en un pitorro de manguera.
Antxutxe del caserío del mismo nombre en Oyartzun. A este lo fusiló el enemigo-aliado del Cura, Lizarraga, en Goyaz de Bidania, a raíz de una rebelión interna de la partida de Santa Cruz que tuvo lugar en Asteasu.
Eran muchos, y aquí no caben. Lástima. Uno por uno, son todos personajes novelescos paridos por esta tierra de Euskal-Herria, aventureros y fantasiosos.
El golpe de mano de Deva, y otro final en Colombia
Estando el Cura en Aya, con un puñado de los suyos, se le venían encima el coronel Blanco y Primo de Rivera, junto con los generales Del Amo y Fernández. El comandante Lizarraga y el general Olio le habían prometido a Santa Cruz mandarle armas y cartuchos, y éstos no llegaban, cosa que siempre consideró el Cura como maniobra para destruirle a él y a su gente por parte de Lizarraga: dejarle indefenso cara al ejército enemigo. El Cura, sin fusiles, dijo que lo mejor era quitárselos a los liberales, y se llegó a Deva el día de la Candelaria, 2 de febrero de 1873. La guarnición, en dicha villa, se parapetó en la iglesia-fortaleza. El Cura envió entonces como emisario al molinero de Astigarraga con este mensaje: "O se me entregan todos los fusiles y municiones, en cuyo caso dejaré libre a la guarnición, o lo paso todo a sangre y fuego". Como los liberales no se rendían -muchos eran amigos de los cuadrilleros, y al final compartieron cigarros puros juntos-, el Cura trajo dos carros con paja impregnada de petróleo, los prendió fuego y los metió en el pórtico. Todavía se advierte en la fachada la lepra de la piedra quemada. Con lo cual los ahumados entregaron las municiones, y el Cura huyó cruzando el puente hacia Motrico, después de haber emplumado a una arrantzale, rapándole la cabeza y paseándola en burro, porque se le había insolentado.
Santa Cruz, después de su campaña, pasó a Lille, en Francia, y se hizo de la Compañía de Jesús. Corría septiembre de 1874. Allí estuvo esperando las "dispensas de irregularidad" para poder reintegrarse a la sotana y las misas.
En el año 1876 se alistó con los jesuitas ingleses como misionero para Jamaica. A los 15 años de estar allí, tiene oportunidad de pasar a Pasto (Colombia) con jesuitas españoles, allí murió el 10 de agosto de 1926.
Tenía más de 80 años cuando, durante la Revolución colombiana, y viéndose el Prefecto de Toquerres en apuros porque venía el ataque guerrillero J. Félix Mata, y aquél no tenía guarnición para defender la plaza, Santa Cruz (el padre Loidi) fue donde él y le dijo: "Pues nada, hombre, a cortar todos los árboles que están al borde de la carretera, y como quien quiere obstruir la vía..." La estratagema del octogenario dio resultado, y Mata dio media vuelta temiendo una emboscada. El padre Loidi no había olvidado su auténtica vocación: la de Cura Santa Cruz.
RAFAEL CASTELLANO
Genial !!!
Publicado por: Donatien Martinez-Labegerie | 10/16/2012 en 10:36 a.m.
Un Estado Mayor no es una guerrilla.
El IRA usaba el término "guerrila" porque no controló el territorio y esra consciente (tampoco el ejército británico siempre), pero, como se señala en el texto, Santa Cruz fue "dueño absoluto de Gipuzkoa entre 1872 y 1873".
E documento fotográfico nos transmite que la suya era una organización militar profesional. Si las tropas de Napoleón III en Sedan 3 años antes hubieran tenido esa disciplina ante las de Bismarck, otro gallo le hubiera quizás cantado al también residente ocasional en Ipar Euskadi.
Santa Cruz se metió en política, era por tanto hijo de la razón, y por twnto de la Iñustración, antítesis de lo que algunos pretendenn vendernos desde su posición de vencedores escribidores de la Historia.
Publicado por: Donatien Martinez-Labegerie | 10/16/2012 en 11:09 a.m.
EL recuerdo de esta horrible historia de guerra y asesinato es la que hizo que los abertzales rehusaran el uso de la violencia y se dedicaran a convencer y recoger votos. La violencia es muy del nacionalismo españolista, el convencer va más con el estilo abertzale, un estilo que también se da en las islas británicas estos dias.
Publicado por: Fortunato | 10/16/2012 en 11:30 a.m.
Bismarck era muy del estilo nacionalista, y Napoleón III, y las tropas del general Washington no digamos.
Lo que hay que leer.
Publicado por: Donatien Martinez-Labegerie | 10/16/2012 en 12:00 p.m.
Fe de erratas:
Del estilo "muy nacionalista ESPAÑOL", quería decir, claro, repitiendo lo que asegura delirantemente Fortunato.
Publicado por: Donatien Martinez-Labegerie | 10/16/2012 en 12:00 p.m.
Claro que deliro Donato, cuando le leo en sus delirios, Santa Cruz hijo de la ilustración porque se metia en política, sí claro, así se metian en política: elecciones? bayonetas, bayonetas!
Y es que los "aberchales"
diseño-Antonio-Elorza son mas falsos que un duro de madera.
Recordemos a Bilintx (Vilinch), muerto en 1876 por las graves heridas recibidas durante el asedio a Donostia:
http://eu.wikipedia.org/wiki/Bilintx
Publicado por: Fortunato | 10/17/2012 en 11:27 a.m.
Fortunato,
Yo soy más liberal (sic) y más anticarlista que todos los aue os creéis demócratas radicales y radicales partidarios de la separación iglesia-estado.
Simplemente interpreto la historia. Tú no sabes hacerlo, lo siento.
Publicado por: Donatien Martinez-Labegerie | 10/17/2012 en 12:33 p.m.
Claro Donato, sabes interpretar la historia, cuando el espíritu de Hegel te sopla e inspira, uhhhh, se despliega poderosa, uhhhh
Publicado por: Fortunato | 10/17/2012 en 02:35 p.m.
El espíritu hegeliano y el materialismo dialéctico para interpretar la historia,noski baietz.
Pero superando el idealismo de Hegel para interpretarla desde el materialismo histórico,porque simplemente no puede ser de otra manera.
Si como Santa Cruz habia otros muchos curas guerrilleros euskaldunes en aquella guerra carlista-y otras más- ,convendremos en que el instinto o genio euskaldun -euskal sena- subyace no ya desde el XIX sino que trasciende en la Historia Vasca.
Publicado por: iñaki | 10/17/2012 en 07:48 p.m.
Claro, Iñaki, que si solo miras a los euskaldunes guerrilleros: "antxinako euskaldunen alabantzak" (con Anibal, Roma, contra los Godos, etc), así solo encontrarás curas guerrilleros y no verás al resto, no verás a Bilintx y a otros muchos, a los que claro, les negaras "euskal sena".
Iñaki, no te olvides de reciclarte y leer a Zizek. Está de moda desde hace tiempo entre los de la "religión" boltxe.
Publicado por: Fortunato | 10/17/2012 en 11:34 p.m.
"Si yo condenara a ETA entonces VD. sr. Besugoiti, me pediría que condenara a las guerras carlistas, y si yo condenara a las guerras carlistas Vd. me pediría que condenara a los banderizos"
Parece que Mintegi se dirigía a ti, Fortunato, en lugar de a Besu.
Publicado por: Donatien Martinez-Labegerie | 10/18/2012 en 10:06 a.m.
Slavoj Zizek deberia valer para otros muchos más tambien.
Porque si de religiones se trata la neocom y ultraliberal está mas de moda que cualquier otra para un montón de pesebreros en expansión y en comunidad de intereses.
Publicado por: iñaki | 10/18/2012 en 10:20 a.m.
Donato, lo que hace el MLNV ahora es lo que comentaba al principio
EL recuerdo de esta horrible historia de guerra y asesinato (Santa Cruz, Txapote, Requetés, GAL,...) es la que hizo que los abertzales (ahora también el MLNV aovillado) rehusaran el uso de la violencia y se dedicaran a convencer y recoger votos.
EL 22O será otro dia en los territorios del Irurac-bat, y en el resto del País. Pero por favor, no pongaís a los curasantacruz como modelo sin un repaso crítico
Publicado por: Fortunato | 10/18/2012 en 10:57 a.m.
Quién no ha repasado críticamente al cura? Quién no lo hace con Samaniego? Quién defiende la monarquìa feudal de Santxo Azkarra por erigir una estatua suya en Hondarbi?
Ni yo ni tú, espero.
Publicado por: Donatien Martinez-Labegerie | 10/18/2012 en 03:38 p.m.
Venga, Donato, que hace poco Basagoiti dijo "condeno el franquismo" (aunque creamos que con la boca pequena, etc), vamos a esperar 30 años para oir al MLNV decir "que gran error fue oldartzen y el endiosamiento de la violencia"?
Busquemos REFERENCIAS compartibles por la mayoría vasca, por la misma época que Santa Cruz, referencias pueden ser el poeta Bilintx o el patriota Arturo Campion (euskalerriaren alde). Y hay otros muchos más
¿Porqué algunos se empeñan en torno a los guerrilleros más sanguinarios?
Mayor heroicidad es la de las primeros andereños y los curas que prestaban sus parroquias para las primeras ikastolas. EREINTZA de la buena.
Publicado por: Fortunato | 10/18/2012 en 04:34 p.m.
Pues yo me empeño porque es la historia, como todos los demás. El MLNV (sic) hará lo que dices que hace respecto a Santa Cruz, pero yo no hago nada distinto de lo que hago con los demás.
Eso sí, a mí no me pidas que condene a nadie porque no soy cura.
Publicado por: Donatien Martinez-Labegerie | 10/18/2012 en 08:47 p.m.
Qué no condenas?, seguro que las torturas y el cierre de periodicos vascos sí que condenas. No hace falta ser cura para condenar, para absolver pecados sí.
Yo me empeñare en denunciar que esos guerrilleros sanguinarios como Santa Cruz o Txapote porque son lo peor de Euskalerria, de la mano con Garcilaso (en el aniversario hoy de su falleccimiento) y el conde de Rodezno. Todos son historia, pero unos son modelos, como Jose Antonio Agirre (como mínimo para los candidatos a la lehendakaritza Iñigo Urkullu y Laura Mintegi) y otros "anti-modelos" como los referidos.
Publicado por: Fortunato | 10/19/2012 en 04:40 p.m.
Ay, Santa Cruz que, aún desde ultramar, no dejó de remitir elogiosas epístolas al dictador Primo de Rivera hasta que se reunió con su Hacedor; Santa Cruz, cuya partida mató más vascos que los que pudieron soñar en matar el GAL y los terroristas de ultraderecha de la transición juntos; Santa Cruz, que si bien es cierto que tenía un concepto de España particular y difuso, al menos lo tenía, que ya es bastante más que el desprecio que demostró no sólo a Euskal Herría, sino incluso al resto de la provincia de Guipúzcoa fuera de su propia comarca, única entidad territorial que sí debió de sentir de alguna forma como propia. Pero el no luchaba por un reino de este mundo, así que incluso ésta, por ser cosa terrenal, debía supeditarse a la gran misión que lo llevó a alzarse en armas: la implantación del catolicismo más ultramontano y, de paso, la restauración de una organización política no mancillada por el veneno ilustrado.
En el fondo él de debía verse como un misionero, el perrico que lleva al rebaño extraviado de nuevo junto al Buen Pastor, cuyo sagrado deber era pegarle un bocado al carnero rebelde. Visto que la Españas se le resistían, se fue a curar almas a las Indias, con la esperanza de que sus nativos fueran más dóciles que los ibéricos, y por allí, a tenor de su correspondencia, ya debió de pergeñar una idea más "elaborada" de España, valga la expresión, que no debía diferir mucho de la que tuvo el padre de su correligionario el señor Arzallus.
Quiso ser un nuevo Cabrera, y tal vez lo logró, También tuvo su bandera negra con calavera, fue temido por su brutalidad, hizo la guerra por su cuenta, y terminó sus días lejos de su tierra, de los lances bélicos y del monarca al que sirvió.
Lo que me hace gracia que, mientras a Antonio Lizarza le retiran el título de hijo predilecto de Leiza, a un personaje infinitamente más siniestro, reaccionario y criminal, como Santa Cruz, se le rinda homenaje. Están locos estos abertzales.
Publicado por: una | 05/19/2013 en 04:41 p.m.