Un 26 de Septiembre y en el Aula de Cultura de la Caja de Ahorros Provincial de Vitoria, se presentó el libro que recoge los artículos publicados por Francisco Javier Landaburu en la revista del Partido "Alderdi".
La presentación fue realizada por Iñaki Anasagasti, al que acompañaron don Emilio Gebara, padre, y el lehendakari Leizaola. Además de la viuda del vicepresidente del Gobierno vasco y su familia, asistieron al acto la esposa del presidente de Gobierno Garaikoetxea, Juan José Pujana, José Ángel Cuerda, Joseba Azkarraga, Emilio Gebara, José María Gerenabarrena y otras personalidades.
Hoy las palabras que pronunció don Emilio Gebara, padre, amigo íntimo y compañero de Francisco Javier Landaburu, en el acto de dicha presentación.
“He sido invitado por los organizadores de este acto para la presentación de un libro que recoge los artículos publicados por FRANCISCO JAVIER LANDABURU entre los años 48-62, y soy consciente de que la única razón que ha podido determinar esa invitación fue la amistad que en vida de Francisco Javier nos unió.
Ciertamente tuve con él una relación que por su duración e intensidad me permitió entonces conocerle bastante íntimamente y ahora hace posible que los que no le conocieron puedan, a través de mis palabras, formar una idea sobre la calidad humana de Francisco Javier Landaburu. En suma, que brevemente quiero referirme a quién fue Javier Landaburu, y cómo era Javier Landaburu. Por supuesto que en estas palabras y en mi intervención, necesariamente corta, porque otras personas me seguirán en el uso de la palabra y examinarán otros aspectos de su vida, especialmente a partir de la fecha en la que perdí el contacto con él, voy a referirme a su condición humana, tal como pude observarla y estudiarla ya en su vida profesional.
El ser ambos vitorianos, y de edad muy aproximada, (escasamente nos llevaríamos un año), haber estudiado en el mismo colegio, haber elegido la misma carrera y haber coincidido en los planteamientos ideológicos, todo ello contribuyó a que mantuviéramos unas relaciones de amistad que duraron ininterrumpidamente hasta su muerte, aunque su exteriorización se viera dificultada por la ausencia a partir de finales de 1936, al abandonar Vitoria, ciudad a la que ya no volvió.
Nuestras relaciones comenzaron a ser más directas a raíz de la proclamación de la República, y sobre todo con ocasión del viaje que pudimos realizar a Madrid para la presentación del Estatuto.
Más tarde, al ser elegido Diputado a Cortes en las elecciones de 1933, solicitó mi ayuda, que no podían ser mucha, para suplirle y atender en alguna manera su despacho en las obligadas ausencias que su cargo le imponía. Diariamente acudía a su despacho en la calle Florida, donde también tenía su domicilio, que ocupaba en unión de su familia, (entonces estaba soltero), y este contacto diario me permitió obtener un conocimiento bastante exacto y completo de Francisco Javier Landaburu.
Como persona era extraordinariamente amable y sencillo, muy igual en su trato y comportamiento con los demás, tanto que puedo asegurar que nunca le vi perder la calma, y con parecido ánimo por lo menos se comportaba en las circunstancias agradables y en las que no lo eran tanto.
Esta sencillez no la perdió al ser elegido Diputado, a pesar de que por su juventud, tenía 26 años, y creo recordar que fue el Diputado más joven de aquellas Cortes, podían habérsele subido los humos a la cabeza.
Siguió siendo el mismo Javier, tan buen amigo, compañero y sencillo como lo era antes.
Profesionalmente fue un excelente abogado. Estaba especialmente dotado, a mi juicio, para esa profesión, porque era buen escritor, de fácil pluma, un excelente orador que sabía exponer con claridad, precisión y sobriedad sus alegatos, y era un formidable dialéctico en el buen sentido de la palabra. Fui testigo directo, y por lo tanto en alguna manera cualificado, de su actuación profesional, y pude conocer cómo preparaba sus informes orales y escritos. Ello me permitió aprender mucho de él, y sin duda le debo en ese sentido bastante.
En el terreno profesional había alcanzado merecido prestigio. Hubiera sido una figura señera en el ejercicio de la abogacía, si las circunstancias no le hubieran obligado a interrumpir definitivamente el ejercicio de su profesión. Y si a ello se suma que era extraordinariamente desinteresado, ello le permitió ejercer su profesión con una libertad total, sin que le condicionaran otros motivos o razones que la defensa del derecho y la justicia de la causa que se le encomendaba.
Precisamente porque era muy sencillo y sincero, estaba totalmente libre de todo protagonismo, y en su conducta y en sus relaciones, en lo que pude observarle, si se me permite la comparación, su comportamiento fue el que gráficamente se describe en aquella parábola evangélica en la que se nos dice que si acudes a un banquete, no ocupes los primeros puestos, no vaya a ser que alguien con suficiente autoridad, el que te invita, te diga: "Amigo, deja tu puesto a otro y tú vete a ocupar otro puesto más alejado". Esto, con Javier Landaburu, ni sucedió ni podría suceder, porque hubiera dejado de ser él.
Era profundamente familiar, y las reuniones de familia le producían verdadero gozo que no podría disimular, según pude observarlo en múltiples ocasiones.
Era, por último, un profundo enamorado de su tierra, un vitoriano hasta la médula, y toda su vida se puede decir que estuvo informada por este cariño a Vitoria, a Álava, demostrándolo con su servicio constante.
Javier no era deportista, yo por lo menos no le conocí actividad en ese sentido, y era más bien un intelectual, a pesar de lo cual no tuvo inconveniente en componer la letra de un himno al que creo le puso música otro vitoriano insigne, Luis Aramburu, para celebrar las hazañas del entonces glorioso Deportivo Alavés.
No podía haber otra razón que su Vitoria misma y su alavesismo.
En el año 1927 y en un diario de Burgos apareció un artículo del entonces archivero del Ayuntamiento de aquella Ciudad, en el que se sostenía que Fray Francisco de Vitoria, el precursor y prácticamente creador del Derecho internacional, no era de Vitoria, como se creía, sino burgalés. Aquello bastó para que Javier, ante la indiferencia general, fuera el único que interviniera públicamente y en la prensa en la defensa de la naturaleza vitoriana y alavesa de Fray Francisco de Vitoria, publicando una serie de artículos en el "Heraldo Alavés", el primero de los cuales se publicó en el mes de Noviembre de 1927. Javier Lanbaru tenía entonces escasamente 24 años. Parece que había entonces muchos otros que con mayor autoridad y conocimiento podían haber asumido aquella defensa, y sin embargo fue él, que además como públicamente lo hizo constar, lo llevó a efecto únicamente movido por su amor a Vitoria y a sus glorias. La campaña que en defensa de la condición de vitoriano de Fray Francisco de Vitoria emprendió Javier Landaburu terminó con un éxito total, porque sus artículos fueron apoyados por una investigación personal, en la que tuvo la suerte además de dar con un texto que puso fin a la discusión de acuerdo con su tesis.
Tengo para mí, que si aceptó la actividad política, fundamentalmente lo hizo por disciplina y en la creencia de que con ello servía a su tierra, y a costa de grandes sacrificios y renuncias, como otros podrán demostrarlo.
Además, era profundamente pacifico, y sin duda pudo influir en ello su devoción por Fray Francisco de Vitoria, a quien tanto leyó y con quien estaba tan compenetrado. Por eso en las discusiones procuraba más armonizar que disgregar, y aunque tenía sus convicciones y era persona de talento, no gustaba de aferrarse a sus ideas y sabía escuchar.
Lo tuvo todo o por lo menos mucho. Talento, preparación cultural, era buen orador y escritor, una profesión en la que estaba acreditado y que le hubiera permitido un porvenir brillante, y todo lo sacrificó para ser consecuente con un ideal y con el amor a su tierra que, según él, le señalaba aquel camino.
Muchas veces he pensado, aunque no he podido profundizarlo porque es lógico por ser muy personal, en el dolor que tuvo que suponer para mí amigo Javier su ausencia de Vitoria, a la que amó entrañablemente. Me consta que recibía el diario local, y estaba tan enterado de las cosas de Vitoria que cuantos le visitaron en su exilio quedaron admirados, no solamente de cómo les recibía, sino también de cómo estuvo al día en orden al conocimiento de Vitoria, y cómo recordaba a sus amigos, de los cuales posiblemente soy uno de los pocos que quedan, y que también a él le recuerda entrañablemente.
¿Figura en el libro, el manifiesto en apoyo al Movimiento Nacional de Franco, firmado por Landáburu?
Publicado por: Juan Sevilla | 10/27/2012 en 05:07 p.m.