Por: Santiago Aznar
En 1975, el Centro Vasco de Caracas nombró a D. Manuel de Irujo, su socio de honor. El discurso estuvo a cargo de un viejo amigo y antiguo correligionario de Indalecio Prieto: Santiago Aznar. Traemos la de un verdadero socialista como Aznar, que hizo honor a su gentilicio vasco y honró de esta manera al patriota de Estella en Caracas.
ACTO HOMENAJE DE LOS VASCOS DE VENEZUELA A DON MANUEL DE IRUJO
Nuestro aherrojado pueblo se expresa en una trilogía idiomática al norte y sur del Bidasoa. Quisiera expresarme en nuestro idioma vernáculo, por neta obligación y por propio derecho, pues por un lado, en el alto de Navarra, el primer Aznar (según la acepción del etimologista del que se sirvió nuestro actual Lehendakari) que construyó su morada junto a un espino y una peña; y por el otro, el que lo hizo en lugar abundante de saucitos, cerca de la Casa de Juntas de Las Encartaciones. Pero lo tengo que hacer en el idioma cervantino.
Don Manuel de Irujo, sin ditirambos, todos los vascos reunidos aquí esta noche para, con todo cariño y profunda admiración, ofreceros este modesto homenaje, tened la seguridad de que con vuestra sola presencia hacéis reverberar la luz de nuestra existencia, nuestra vida de patriotas envanecidos por el esfuerzo que habéis hecho a nuestra llamada, de volar, a vuestra edad, durante tantas horas para aceptar nuestro afectuoso respeto y dictarnos tantas lecciones de patriotismo y de orientación sobre el futuro de nuestro país, como todos los días lo venís haciendo. Para nosotros en estos momentos sois la personificación de nuestra idea patria; sois la representación de la dignidad y carácter de la verdadera Navarra, la que está renaciendo al verse íntimamente frustrada por aquellos a quienes sirvió cometiendo acciones sangrientas, bárbaras, que tanto daño nos hizo a sus hermanos vascos y a la República.
Tremulantes mis labios al querer pronunciar nombres de gallegos, gloria de la poesía y su nacionalidad el uno; de esencias transformadoras de los principios sociales el otro; y por ello Galicia siempre será la Galicia tierna y acogedora que algún día, haciendo uso de sus derechos, brillará en todo su justo esplendor. Indefectiblemente, ese mismo será el destino de Navarra; la Navarra de las dos guerras en el siglo XIX: la que durante tanto tiempo luchó con tesón defendiendo una causa perdida, pero que será salvada por hombres como el que esta noche tenemos con nosotros para homenajearlo enorgulleciéndonos y honrándonos con ello.
Esta visita suya, don Manuel, hecha a requerimiento nuestro, nos ha confirmado la imagen exacta que teníamos todos de su enorme personalidad. Gran talento y una dilatada cultura; hombre lúcido, claro en el razonamiento y muy peculiar y ameno en el estilo de sus expresiones, le permite mantenerse en toda ocasión por encima de las mezquindades humanas sobre todo en esta época de crisis de conciencia en que no son pocos los que se limitan a conjugar el verbo "estar", víctimas de la indolencia y la negligencia -que casi siempre van unidas- y que quizás no alcanzarán a ver cómo en usted se verifica con cabalidad lo de "mente sana en cuerpo sano". Para mí tiene una relevancia profundamente extraordinaria, pues contrasta con mi cuerpo enfermo y mi espíritu maltratado, pero puedo asegurarle que mientras nuestra alma no abandone nuestro cuerpo seguiremos imitándoos cuanto podamos para hacer triunfar el ideal común con el logro de nuestras libertades. Ahora que empiezo a ser el que recoge la mies, después de cuatro décadas de batallar por el reconocimiento de nuestra nacionalidad; ahora que lo ha reconocido unánimemente y lo ha proclamado el último Congreso del P.S.O.E., reunido en Suresnes; ahora que hasta en Valladolid trabajadores, profesores y estudiantes de distintas ideologías también lo aclaman como un derecho a conquistar de inmediato, aunque todavía haya quienes, escondiéndose tras el sol azteca, pretendan persistir en el error, sin duda por impulso incontenible de acompañar su postura con las notas de la Marcha de Cádiz.
También don Manuel ha sabido castigar la osadía y la arbitrariedad cuando ha hecho falta. Permitirme relatar un caso como muestra. Dos años antes de la trágica guerra civil, los Ayuntamientos vascos tuvimos que alzarnos contra el poder central, y ese acontecimiento fue conocido como "Movimiento Municipalista Vasco". En demostración de solidaridad acudieron a Bilbao un nutrido grupo de personalidades políticas catalanas. Como Secretario de nuestra munícipe huelga hube de acompañar, con gran placer, entre las representaciones vascas, a nuestros huéspedes en su visita a Gernika. Como "lebreles" nos custodiaban un nutrido pelotón de la policía secreta al mando del Jefe de la Brigada Social. Con el debido respeto y mucho recogi¬miento visitamos en Sukarrieta la tumba de Sabino de Arana, y después almorzamos en la isla de Txatxarramendi. Éramos un grupo tan numeroso que forzosamente tentamos que armar un bullicio muy grande. Pero no lo creía así el jefe policíaco y constantemente venía a mí a incordiarme con sus reclamos. Lo hacía así porque yo era al que más conocía per mis frecuentes reuniones sobre cuestiones sociales en el Gobierno Civil de Bizkaia. Llegó un momento en que me violenté con él diciéndole que nos dejara en paz, puesto que con sus intervenciones desagradables estaba realmente provocándonos; que nosotros no estábamos alterando la paz pública como él decía y que tanto él como su gente se mantuvieran lejos de nosotros. Seguidamente nos dirigimos a Gernika y, al llegar a la Casa de Juntas, le retuve fuera diciéndole que aquel recinto era sagrado para nosotros y constituiría una ofensa la presencia dentro de él de algún policía. En ese momento detrás de las verjas sonó el chasquido de una tremenda bofetada. El ponderado don Manuel de Irujo, con el impulso de sus 40 años, había castigado, enérgica y contundentemente, la irreverencia de un intruso polizonte y la visita allí mismo terminó.
Sin embargo, don Manuel no ha sido nunca hombre de escaramuzas. No tiene espíritu de facción y siempre ha sido un defensor de la unión en torno a la idea nacional. Mi admiración por don Manuel viene de lejos. Recuerdo que hacia los años treinta tuve que hablar desde el kiosko de la plaza pública de Estella -la Estella del tan discutido Estatuto Vasco- y al acordarme que era la cuna del ya notable político que hoy tenemos con nosotros, me sentí súbitamente turbado, pues me consideré en ese instante un osado y me hallé tan confuso que no acerté ni a terminar mi intervención con un concepto tan manido en nuestras peroratas tribunicias como aquel que decía que "la emancipación de los trabajadores sería obra de los trabajadores mismos".
A mí nunca me ha gustado asomarme al muro de las lamentaciones, pero sí tener presente los errores pasados para no repetir los mismos yerros en el futuro. Nada haríamos con lamentar que el ambiente que reinaba en Bizkaia, cuando Sabino de Arana y Goiri fundó en Bilbao el primer círculo euskeriano llamado Euskeldun Batzokija (y cuyo reglamento redactó él mismo, de su puño y letra, y en el cual figuran prohibiciones que hoy están vigentes, aunque haya nacionalistas que no las acaten), repetimos que aquel ambiente no permitiera al fundador del nacionalismo vasco incorporar desde el primer momento a los trabajadores a la idea nacional, puesto que hasta los hombres que desde el inicio le iban a acompañar, y que llamaremos "pensantes", le pusieron demasiadas objeciones para echar a andar la idea de lo que luego llamó, con extraordinario acierto, que Euzkadi es la Patria de los Vascos. Los primeros trabajadores a quienes despertaron la idea de clase habían venido de Castilla a trabajar en las minas y aunque en sus pueblos de origen acudirían todos los domingos a misa, en Bizkaia, desde los barracones donde los alojaban, no acertaron con el camino a la iglesia y, claro, no iban a entender lo de "Jaungoikua" y mucho menos lo de "Lagizarra".
Pero, sí, no se deben repetir ausencias como la del año 30; ni recelos como el año 34, en octubre, en que yo personalmente ofrecí, en nombre de mi Partido, la proclamación de la República Vasca. Pero todo aquel pasado quedó enterrado a partir del año 36 con la gran tragedia que vivimos en los frentes de batalla (de mi mente no se han separado jamás las figuras de los gloriosos gudaris que ví caer a mi lado para siempre en mi visita breve a una de las libradas en Artxanda), los muros de fusilamiento, en las cárceles, en los campos de trabajo y en el exilio y que nos fundió a los vascos de todas las ideologías, sentimientos religiosos y filosofías en un solo hombre: el hombre vasco; el hombre patriota; el hombre que sigue la lucha sin importarle con ello perder la vida o volver a la cárcel o tomar el camino del exilio; el hombre que ama la libertad y la quiere ver instaurada en su patria Euzkadi, que es la patria de los vascos, de todos los vascos, como suele repetir con gran énfasis usted, don Manuel.
Sigue teniendo vigencia aquella conseja, cita o proverbio que decía: "Los que no recuerdan el pasado están condenados a volverlo a vivir". Soy enemigo irreconciliable de regímenes que practican el "garrote vil" o establecen el "Archipiélago de Gulag" para poder subsistir. No concibo la dignidad humana sin libertad y democracia, sin que se respete el derecho de gentes. Amo con fiereza la libertad, quiero seguir siendo el "etxe'ko jauna", el señor de su casa. Repitiendo lo que una vez nos recordó nuestro inolvidable José Antonio: "Todo lo tenemos en casa desde siglos. Democracia sin demagogia -recordad nuestras Juntas Generales-. Poder fuerte sin extravíos dictatoriales -recordad nuestro Gobierno de Señorío-. Justicia social subordinada al principio del bien común -recordad nuestras leyes del Fuero-. Igualdad aristocrática de los ciudadanos. Queremos la igualdad en el bienestar; no la queremos en la miseria."
Don Manuel de Irujo y Ollo: una vida afortunadamente larga, dichosamente fructífera para el pueblo vasco y muy útil para la humanidad, tuvo la fortuna de ser encaminado desde muchacho por su propio padre — jurista, profesor de la Universidad de Deusto, defensor de Sabino de Arana y Goiri en el famoso proceso que lo llevó a la tumba a edad temprana después de tantas persecuciones y atropellos) y que lo condujo por el sendero de la justicia a (acuitarse en Derecho y Letras, formidable base para después, abrazando el nacionalismo vasco, desarrollar su colosal obra de político al servicio de la patria.
Autor de cinco obras publicadas en América, siempre sobre su patria y la justicia; en prensa sus Memorias, que esperamos con toda ansiedad ver publicadas, pues estamos seguros, que en sus páginas estarán recogidos episodios aleccionadores que estimarán sobremanera los que forman nuestro relevo generacional.
Don Manuel está incorporado hace tiempo a la historia de los vascos como humanista, defensor de los perseguidos; humanizando la guerra, evitando víctimas innecesarias; actuando públicamente con riesgo de la vida de su propia madre, su hija y algunos de sus hermanos, en poder todos del enemigo ferozmente sanguinario; y hasta de su misma vida, pues se desenvolvía, las más de las veces, en medios de alocados extremistas que no veían con buenos ojos sus constantes intervenciones en canjes de personas de un bando y otro; defendiendo la libertad del culto católico; abriendo bajo su amparo una capilla para que en la zona republicana se restableciera el ejercicio del culto; acabando con la anarquía en los Tribunales de Justicia, restituyendo en tan sagradas funciones a los hombres de toga con largos años de ejercicio y fieles a la causa republicana. Es, en fin, una larga y brillantísima ejecutoria, ejemplar, que indudablemente ha de figurar en la historia de tan triste época cuando los hombres, con la serenidad que dará la extinción de los últimos vestigios, puedan escribirla libres de pasiones que la puedan empañar.
Y cuando se registre el nacimiento de la nueva estructuración de Europa, don Manuel de Irujo figurará en sitio de honor como adalid de nuestro pueblo en la comunidad de pueblos europeos, con los pueblos vecinos, si posible, con comunidad de intereses, pero salvando las características étnicas y poder gobernarse a su modo, de acuerdo a sus usos y a sus costumbres, No más Estados artificiales, composición mosaica de pueblos, formados de botines de guerra o de conquistas para satisfacer ambiciones personales y que nunca supieron respetar y revelar la personalidad de cada pueblo para mantenerlo con todos sus derechos inalienables de características autóctonas en lo que llamaban la civilización y jamás permitieron desenvolverse libremente y conjugar sus intereses culturales, políticos, económicos, religiosos o filosóficos que conforman al hombre.
Usted, don Manuel, nos ha dicho, explicando la labor que viene realizando -formidable y trascendental, por cierto- sobre el proyecto de la Comunidad de Estados Europeos ¡de Pueblos!, que con razón propugna usted-, continuación del incipiente Mercado Común; que no tiene usted prisa para que se restablezcan las aduanas en el Ebro ni que se instalen otras en el Adour; que lo que interesa es que desaparezcan las aduanas que actualmente funcionan en el Bidasoa. ¡Y tiene usted razón!
Cumplida mi misión -gratísima, pero con mis escasos recursos- de oferente de este merecido homenaje del Centro Vasco de Caracas y de todos los vascos en Venezuela a don Manuel de Irujo, permítaseme que individualmente, como vasco y como socialista -socialista a secas, sin apodos que parezcan adiposidades para pasar otras propósitos de contrabando-, impulsado por una reacción entusiasta le diga: don Manuel, ¡estoy con usted!, ¡ese es el camino! Euzkadi y sus hombres, quizás un día no lejano, se lo agradecerán diciéndole: iEskerrikasko!
Y para terminar, seguro de interpretar el sentir de todos los vascos de Venezuela y del mundo entero, imploramos a Jaungoikua, hacemos votos para que siga conservándonos por muchos años su preciosa vida, con esa lucidez y lozanía para felicidad nuestra y bien de Euzkadi.
Don Manuel de Irujo y Ollo, todos en pie, conmovidos por vuestra grandeza de alma, os decimos:
¡Salud, mozo estellés, joven nabarro!. Nuestro octogenario más lozano de Euzkadi. ¡Agur jauna!
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