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Comentarios

CAUSTICO

Cuando hablo de unidad hablo de unidad, en ese día, de los nacionalistas vascos.
Los socialistaas ayer desfilaban tras una pancarta por la autodeterminación y hoy encarcelan a políticos indepedentistas.

Joaquín

Pues a mí lo que hace gracia es una doctrina que predica el derecho a decidir libremente que un "maketo" de Burgos no pinta nada en una región de su país y a eso lo llama "desidir libremente su futuro, gñé". Y que gente con estos valores hable de democracia, bzzz.
Qué se supone que reclama esta phiesta, hombre ... que un trozo de terreno pertenece a quienes tienen cierto rh, apellidos, ideología ... y que los demás incluso una parte de los propios vascos son unos maketos. Menuda fiesta campestre.

Silber

Aupa Jokin. Ze moduz? Ni ondo. Ta zu? Ikusten dozunez ni euskalduna naz. Euskalduna ta Euzkotarra. Ta euzkotarren aberria Euzkadi da. Eta bihar, euzkotarrok, gure aberriaren eguna ospatuko dogu, urtero bezela. Etorri geugaz zeozer "pintatzera" pinzeleak badaukazuz, pinturea geuk ipiñiko dogu ta, beti bezela, eta danok elkar "Artea" egingo dogu, "Maketak ere". Horrek gerokotasun proiektuak dira ta, erabakitzea nahi ba dozu. Besarkada bat eta animatzen zaitut beste hizkuntza, euskera adibidez, ikasteko. Jakinduria beti ondo dator. Ah!! Eta ahaztu ez zaidala, Gora Euzkadi Askatuta!!!

Sony

EUROPA EN LA ENCRUCIJADA.

http://www.alfdurancorner.com/articulos/europa-en-la-encrucijada.html

Focus: Política
Fecha: 26/03/2018

La detención del President Puigdemont en territorio alemán es el más potente elemento catalizador de la crisis larvada que los burócratas europeos han tratado de ocultar en los últimos años.

Europa ya no es el lugar de acogida que fue antaño, sino un territorio gobernado por un conjunto de individuos movidos por intereses personales, ajenos a las necesidades y sentimientos de la mayoría de sus ciudadanos.

Políticamente, la realidad europea no es homogénea. Hay democracias consolidadas, con todos sus defectos, como el Reino Unido o los países nórdicos. Hay democracias, como Alemania, que tienen que demostrar su voluntad de regeneración, ya que hasta ahora no han tenido un contencioso grave. Y hay democracias autoritarias, como la española, al borde de las dictaduras-dictablandas, que no han hecho nada para limpiar su pasado fascista, lo que se demuestra a diario a través del comportamiento de las estructuras del Estado.

La historia de los exilados y presos políticos catalanes es la historia de una obsesión irracional por parte de las clases extractivas españolistas, que no han aceptado nunca un acuerdo para resolver un conflicto político a través de las urnas.

Y las vivencias actuales no hacen más que ratificar la historia de los últimos quinientos años, en la que los validos de la monarquía española han hecho lo indecible para imponer un Estado absolutista a unas naciones dispares. Primero liquidaron los proyectos iniciales para la creación de una nación castellana, y luego arrasaron todo lo que pudieron con naciones más antiguas, como la catalana y la vasca. Y, a pesar de todo, no han podido con ellas.

Ahora algunos políticos catalanes, elegidos por el pueblo, se han visto obligados a exilarse para no ser encarcelados “preventivamente” (como ya ha ocurrido con otros), acusados de rebelión, sedición, malversación y lo que a “su señoría” se le ocurra. Pero, en una inteligente maniobra, esos políticos (hombres y mujeres) han ampliado su campo de acción a varias naciones europeas, lo que lleva aparejada la inclusión en el conflicto de los poderes judiciales de distintos países.

Hasta ahora, la Europa de las burocracias (Unión Europea, Banco Central Europeo, etc.) hacía de convidado de piedra y repetía machaconamente que “ese es un problema de orden interno”. Hay que ser un cretino integral (como lo definía el gran Charcot en la Salpetrière) para no darse cuenta de que “ese problema” se llama democracia y afecta a todos los ciudadanos de una sociedad libre y responsable.

El río ha desbordado y se extiende por la Europa continental y también por el Reino Unido. Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Suiza y ahora Alemania.

Alemania lo tiene complicado por sus antecedentes. Y es que el 13 de agosto de 1940, el President de la Generalitat de Catalunya, Lluís Companys, fue arrestado en la localidad francesa de Baule-les-Pins por la gendarmería francesa del gobierno fascista de Vichy y entregado a la Gestapo. Ésta no tardó en trasladarlo a Madrid, donde fue humillado y torturado, siendo conducido luego a Barcelona. El 15 de octubre de 1940 fue fusilado en el patio del castillo de Montjuïc. Es decir, el President de la Generalitat fue asesinado.

Y ese cruel asesinato (cualquiera lo es) nunca ha sido reparado, aunque fuera simbólicamente, por los gobiernos de la llamada “transición”, ni por la UCD, ni por el PSOE, ni por el PP. Nunca, nunca, los gobiernos de esa España sádica han pedido perdón. En términos comparativos, los presidentes Kohl y Mitterrand sí pidieron perdón, en nombre de sus respectivos países.

Y ahora hay un ritornello en el caso del President Puigdemont. Dicen que su detención fue fruto de la denuncia del “servicio de inteligencia” (menudo eufemismo) del Estado Español, que alertó a la policía alemana. Y la policía alemana lo ha puesto a disposición de un juez. Claro que este juez, cualquiera que sea su nombre, no tiene nada que ver con sus homólogos españoles. Empezará un procedimiento y veremos cómo termina.

En cualquier caso, el sistema judicial alemán no lo tiene fácil. Ha de demostrar que es independiente y no se siente condicionado por las relaciones bastardas entre la coalición gobernante en Alemania (cristianodemócratas y socialistas) y el conglomerado que gobierna en España (PPSOE y Ciudadanos). Ha de ser capaz de interpretar la ley según la “common law”. Ha de procurar no diferenciarse del tratamiento de sus colegas belgas, suizos, británicos, etc. Ha de sortear los embates de la opinión pública alemana, que poco a poco va comprendiendo que el “caso catalán” es digno de ser tratado con respeto.

Que el rector de la universidad de Glasgow (una de las más antiguas de Europa) se haya puesto a disposición de la Consellera Clara Ponsatí (que ejerce de catedrática de economía en Sant Andrews) para defender sus derechos, y que haya declarado públicamente que “los derechos humanos no se garantizan en España” es un torpedo en la línea de flotación de un Estado corrupto y decadente, que sólo sabe defender sus privilegios a manotazos.

Mantengo una esperanza atenta. Estamos llegando al punto de ebullición, cuando el agua se convierte en vapor. Y es que como dice la física cuántica, la opción está ahí afuera. Sólo hay que tomarla a tiempo.

Sony


- DEDICADO A SAVATER, JUARISTY, BOADELLA, VARGAS-LLOSA Y EL RESTO DE PSEUDO INTELECTUALES ORGÁNICOS OFICIALISTAS MEDIÁTICOS EN NÓMINA DEL RÉGIMEN MONÁRQUICO ACTUAL.

Intelectuales que cambiaron de idea.

http://www.jotdown.es/2015/07/intelectuales-que-cambiaron-de-idea/

Publicado por Javier Bilbao.

En mi interior sabía que nunca podría ya escribir como antes, experimentar la vida con una claridad tan sencilla, dar expresión a una esperanza tan apasionada o embarcarme con un compromiso tan total en una creencia. (Richard Wright).

Se es humano en la medida en que hacemos trampa a nuestros dogmas. (Pierre Drieu La Rochelle).

En 1927 Julien Benda publicó La traición de los intelectuales, una obra en la que denunciaba el creciente interés de artistas y escritores por los asuntos mundanos, por bajar a la arena política y tomar partido apoyando apasionadamente a unos u otros, en lugar de cumplir con su deber de ser una especie de clérigos laicos (el título original era La Trahison des Clercs) entregados a la trascendencia, dedicados en cuerpo y alma a cultivar lo universal y lo eterno acordes a la tradición occidental ¿Resultado? Nadie le hizo el menor caso. Ni siquiera él mismo podía ponerse de ejemplo, pues previamente había tomado partido en el célebre Caso Dreyfus, pero este grito en medio del desierto fue un interesante punto de referencia que nos mostraba lo lejos que se llegaría en dirección contraria.

Los intelectuales en el siglo XX tomaron partido. O, si queremos precisar la definición, los escritores, artistas y en definitiva la gente del mundo de la cultura —según la poco afortunada expresión que se usa hoy en día—, tomaron partido y es entonces cuando pasan a incluirse en la categoría de intelectuales. Lo hicieron a menudo de forma apasionada, queriendo acaparar el máximo protagonismo, pasándose en algunos casos a la política de forma profesional o quedándose en un término intermedio como comisarios políticos. Se convirtieron en palanganeros del poder o en sus más implacables críticos aun a riesgo de sus vidas. Apoyaron en ocasiones causas justas y con desesperante frecuencia también las más rematadamente locas y peligrosas. Decía George Orwell que los intelectuales son más propensos que la gente común a apoyar el totalitarismo y efectivamente basta echar un vistazo a la historia para comprobarlo. A veces existe la tentación de saltar sobre esa disonancia cognitiva diciendo «es que ese no es un verdadero intelectual». Y sin embargo lo es. Nada impide que uno de ellos sea también una aberración humana y un auténtico escombro moral. ¿Pero cómo es esto posible? ¿No se supone que son gente inteligente y preparada, capaces de pensar por sí mismos en lugar de dejarse llevar por la moda del momento?.

En primer lugar destacar en un ámbito profesional no te dota de mejores aptitudes para emitir juicios en un campo distinto. Creer que alguien que ha escrito novelas policíacas de éxito pueda tener mejor criterio sobre los ejes de la política exterior o sobre cómo debe distribuirse el gasto público es desde luego algo poco fundado. De hecho ni siquiera en el propio terreno en el que se especialicen están a salvo de errores —y lo que es peor, dedican entonces más talento a racionalizarlos—, pues según este estudio de la Universidad de California los académicos de filosofía tienen tantos sesgos en su forma de pensar como cualquier persona normal: al fin y al cabo como seres humanos están expuestos a las mismas pasiones que alteran su juicio, ya sea vanidad, búsqueda de aplausos o dinero, rencillas personales, miedo… Este último es también mayor al estar expuestos públicamente, lo que incrementa exponencialmente las presiones y las amenazas sobre ellos bien en torno a perder lectores, premios, financiación o sencillamente a quedar señalado y meterse en problemas. Pero la cosa resulta especialmente interesante cuando lo que vemos no es un posicionamiento puntual sino una trayectoria, y cómo en no pocas ocasiones esta se ha visto modificada ostensiblemente con el transcurrir de los años. ¿Ha cambiado debido a una maduración y reflexión internas o simplemente porque la marea se movía en otra dirección? ¿Es meritorio, condenable o acaso inevitable cambiar de forma de pensar con el paso del tiempo?.

«La diferenciación específicamente política es la diferenciación entre el amigo y el enemigo», dijo Carl Schmitt, y por sorprendente que pueda parecer no tenía en mente las siempre tan airadas tertulias televisivas españolas y su eco en las redes sociales. Si algo hemos visto en el siglo XX es que la política es la continuación de la guerra por otros medios y casi cualquier posicionamiento se ha terminado interpretando en última instancia como un «o con nosotros o con ellos». Por mucho que se intente matizar o buscar terceras vías es casi imposible escapar a la lógica bipolar que rige el debate público y bajo ese planteamiento ser un tránsfuga («persona que pasa de una ideología o colectividad a otra» dice la RAE) es, en definitiva, ser un traidor. Cambiar de ideología ha sido visto siempre por los antiguos compañeros de filas como pasarse al enemigo. De manera que algún aliciente poderoso debía haber para dar un paso difícil y que a menudo trajo una ruptura más o menos traumática con el pasado.

Los diversos movimientos fascistas europeos o próximos a esta doctrina se nutrieron en buena parte de antiguos sindicalistas y políticos socialistas y comunistas. Pero también de intelectuales. Un caso notorio en nuestro país fue Ramiro de Maeztu. A comienzos de siglo comenzó a colaborar con periódicos de tendencia socialista, a partir de 1905 pasó a residir en Londres como corresponsal y ahí su pensamiento se aproximó al liberalismo anglosajón, pero una vez terminada la Primera Guerra Mundial terminaría recelando del parlamentarismo y buscando la respuestas para España en el tradicionalismo católico y la dictadura de Primo de Rivera, poniéndose a su servicio como embajador en Argentina.

Y qué decir del temperamental Miguel de Unamuno, dueño de una trayectoria vital y un pensamiento tan complejo que es imposible resumir en pocas líneas. Fue militante del Partido Socialista en su juventud, pero según sus propias palabras, cuantos más años cumplía más liberal y más bilbaíno se volvía, lo que le convirtió en un enérgico detractor del nacionalismo vasco, tras una postura inicial mucho más tibia. Sus posteriores preocupaciones existenciales y religiosas resultaron muy prolíficas literariamente y le llevarían a apoyar inicialmente el alzamiento militar contra la Segunda República (que a su vez había apoyado previamente con entusiasmo y que le permitió volver del exilio al que le había llevado su oposición a la dictadura de Primo de Rivera), aunque muy poco tiempo después se mostraría airadamente en contra en su célebre enfrentamiento con Millán Astray. Quizá este ejemplo nos permita concluir como una característica común a bastantes intelectuales —al menos a aquellos más propensos al examen de conciencia y a mantenerse mentalmente activos toda su vida— que naturalmente pueden equivocarse en uno u otro momento, aunque eso sí, siguiendo su propio guion, su particular brújula interna.

Pero si como señalábamos anteriormente el nazismo y el fascismo se nutrieron de gente de otras procedencias, para otros fue sin embargo un punto de partida. En 1993 se hizo pública una carta del politólogo y jurista Norberto Bobbio a Mussolini de allá por 1935 que causó cierto escándalo. Cuando la escribió formaba ya parte de un grupo resistente llamado Giustizia e Libertà, así que había ciertas sospechas sobre su adhesión al régimen y quiso zanjarlas para poder proseguir su carrera académica proclamándose fiel al Duce y asegurando que tales insinuaciones «me han herido en lo más hondo e insultado mi conciencia fascista». Era, simplemente el doblepensar al que obliga un régimen liberticida y así lo explicó en respuesta a dicha polémica: «para salvarse bajo una dictadura, se precisa de una fuerza de carácter, una generosidad y una valentía que reconozco que yo, en la época en que escribí esa carta, no poseía. No tengo ninguna dificultad en examinar mi conciencia, como ya lo he hecho muchas, muchas veces». Algo en línea con las justificaciones posteriores del marxista Theodor Adorno a los textos con guiños al nacionalsocialismo que publicó antes de su exilio de la Alemania nazi: «Los giros que se me pueden reprochar tenían que transparentarse, para todo lector inteligente en aquella situación de 1934, como captationes benevolentiae».

Aunque también hubo otros cuya lealtad no fue fingida. Fue por ejemplo el caso del novelista, dramaturgo y periodista Curzio Malaparte, que participó en la Marcha sobre Roma de 1922 y luego fundaría varios periódicos convirtiéndose en uno de los ideólogos del nuevo orden. A partir de 1930 sus críticas a Hitler y Mussolini le valdrían la expulsión del Partido Nacional Fascista y varios encarcelamientos sucesivos, hasta que una vez terminada la Segunda Guerra Mundial pasaría a ser miembro del Partido Comunista Italiano. En España tenemos otro caso muy notable en la figura de Dionisio Ridruejo. «Cuando cambió de opinión lo hizo siempre en contra de sus intereses, y eso tiene mucho valor», dijo de él su amigo el ensayista Pedro Laín Entralgo. Falangista de primera hornada y voluntario en la División Azul, a él se le deben los versos «Volverán banderas victoriosas / al paso alegre de la paz» del «Cara al sol». Su cargo más destacado como comisario político fue el de director general de Propaganda durante la Guerra Civil, una estructura que tomó como modelo el ministerio manejado por Goebbels. Pero tras la guerra y teniéndolo todo a su favor decidió navegar contracorriente. Su distanciamiento del franquismo fue cada vez mayor, hasta que finalmente es encarcelado en 1956, a continuación viviría en el exilio manteniendo hasta su muerte en 1975 posiciones socialdemócratas.

En Francia por su parte tuvieron a Pierre Drieu La Rochelle, cuya evolución es ciertamente difícil de interpretar. Novelista de vida libertina, mantuvo un discurso decadentista sobre Francia que, como suele ocurrir con esa clase de discursos, acaba trayendo consigo la creencia en soluciones radicales. Primero defendió la creación de un Estados Unidos europeo que superara la división entre países. Pero la publicación en 1934 de su ensayo Socialisme fasciste deja bastante claro con su título dónde había encontrado ahora la salvación. La unión de Europa bajo un nuevo sistema llegaría de la mano del Tercer Reich, por lo que se convirtió en un decidido colaboracionista. Pero la ocupación le fue desengañando y pasó a interesarse por el estalinismo y las religiones orientales hasta que, atormentado por la culpa, finalmente optó por el suicidio en 1945.

Fue un caso más entre una miríada de ejemplos que trajo consigo la ocupación nazi de Francia, un tema tan vasto como interesante que no puede ser despachado en unas pocas líneas. Sobre Sartre y Simone de Beauvoir durante la ocupación se dijo por quienes les trataron que «es imposible ser menos “pensadores comprometidos” de lo que ellos eran entonces». Prácticamente la única actividad de resistencia del primero fue montar una obra teatral, Las moscas, que recreaba el mito de Electra y que estaba cargada de un mensaje subversivo que quizá solo él supo ver. Los ocupantes estaban más preocupados por entonces en un Frente Oriental que se estaba cobrando millones de vidas por ambos bandos en batallas colosales. Una adaptación teatral de la mitología griega parece un coste asumible en comparación, por aburrida que pudiera ser. ¿Pero es justo reprocharle algo? Seguramente no, si no fuera por la vehemencia con que quiso convertirse en un faro intelectual y moral en la Francia de posguerra. Dice al respecto Tony Judt en Pasado imperfecto:

A menudo, fueron estas mismas personas las que adoptaron las posturas más rígidas y más extremas en los años siguientes. ¿Una compensación por el tiempo perdido? ¿Sentimientos de culpa debidamente aplacados por medio de un compromiso que no habían sido capaces de asumir cuando realmente importaba? ¿La corrosiva sensación de haber perdido la oportunidad de actuar, seguida por la frenética búsqueda de una actividad compensatoria?

En ese sentido el contraste con Albert Camus (cuyas obras, dicho sea de paso, han soportado mucho mejor el paso del tiempo) era notable y con los años, y por otros motivos, no dejaría de incrementarse. El prestigio que se había forjado en la resistencia le valió para denunciar la persecución a colaboracionistas que comenzó a darse tras la liberación y que inicialmente apoyó, menos relacionada con la búsqueda de justicia que con una atmósfera inquisitorial de intereses mezquinos en la que cada uno intentaba exculparse señalando a otros: «La palabra depuración ya era bastante desagradable por sí misma. El hecho se ha vuelto odioso». Pero nada de lo que digamos podrá mejorar lo escrito en este excelente artículo del citado Judt. La cuestión, en torno al tema que nos ocupa, es que además Camus tras unas simpatías iniciales por el comunismo marcó una línea clara frente a él, horrorizado por sus crímenes y abusos. Un posicionamiento que en esa época y lugar resultaba complicado, pues suponía romper con parte de su entorno y con su pasado. Pero no fue el único, ni mucho menos.

La renuncia al comunismo, a sus pompas y sus obras, se ha convertido con el paso de los años casi en un tópico biográfico, en un rito de paso de cualquier escritor, artista o académico que se precie. Más de uno a veces hasta parece que se estuviera inventando un pasado marxista, aunque en cualquier caso lo importante es haberse quitado, como del fumar. El proceso puede presentar variaciones en cada caso, aunque el récord de brevedad lo ostenta el poeta Stephen Spender, quien en 1936 se afilió al PC y se desengañó dos semanas más tarde. Pero el escritor que renegó del marxismo de manera más ruidosa y polémica, marcando a muchos un camino a seguir, fue André Gide. Pionero en reivindicar en los años veinte dignidad y reconocimiento para los homosexuales y en denunciar los crímenes coloniales, lo que le llevó a abrazar esta ideología fue, en sus propias palabras:

Es necesario que se diga, lo que me lleva al comunismo no es Marx, sino el Evangelio. Es el Evangelio lo que me ha formado. Son los preceptos evangélicos, la forma que han hecho adoptar a mi pensamiento, al comportamiento de todo mi ser, lo que me ha inculcado la duda de mi valor propio, el respeto del prójimo, de su pensamiento, de su valor, y que en mí han fortalecido este desdén, esta repugnancia a toda posesión particular y a todo acaparamiento.

Esta nueva fe, esta vez en un paraíso en la tierra, le llevó a proclamar entusiasmado en 1931, tras leer acerca del plan quinquenal:

Yo querría gritar muy alto mi simpatía por Rusia, y que mi grito se oyese, que tuviera importancia. Querría vivir lo bastante para ver el éxito de ese esfuerzo enorme; su éxito, que deseo con toda mi alma, al cual querría contribuir. Ver lo que podría dar de sí un Estado sin religión, una sociedad sin familia. La religión y la familia son los dos peores enemigos del progreso.

Así que en 1935 viaja a la URSS para ver de cerca el milagro. La agencia soviética Intourist patrocinaba recorridos por el país para intelectuales occidentales con fines propagandísticos y pensaron, erróneamente, que Gide les vendría bien. Iba muy predispuesto como vemos y fue colmado de lujos, aplausos y hospitalidad, pero el viaje, lejos de confirmar sus ideales, le provocó un «espantoso desasosiego». Fiel a la verdad por encima de cualquier otra consideración, escribió sus impresiones en Regreso de la URSS, un auténtico bombazo editorial que vendería ciento cincuenta mil ejemplares en los meses posteriores y se traduciría a quince idiomas. Una crítica implacable que provocó un considerable escándalo y que lo apartaría definitivamente de esta doctrina. Tras él siguieron muchas más. El escritor Richard Crossman señaló en una recopilación de testimonios al respecto llamada The God that failed:

Al principio veían la meta a gran distancia —como sus predecesores habían visto, ciento treinta años antes, la Revolución Francesa—, como una visión del reino de Dios sobre la tierra; y, como Wordsworth y Shelley, dedicaron sus talentos a la modesta misión de posibilitar su advenimiento. No los desanimaron ni los contratiempos de todos los revolucionarios profesionales ni el clamor de burla de sus adversarios, hasta que cada uno de ellos fue descubriendo por sí mismo el abismo existente entre su visión de Dios y la realidad del Estado comunista, alcanzando el conflicto de su conciencia su punto de ruptura.

Arthur Koestler, otro nombre que no podíamos dejar de mencionar en este recorrido, dejó escrito acerca de su conversión inicial que «en una sociedad que se desintegraba y tenía sed de creencias» llegaba «la atracción de esa nueva revelación que venía del Este». Es decir, el rechazo a la realidad circundante tenía un papel decisivo en dotar de un aura de atracción a aquello que prometía cambiarlo todo. No es de extrañar por tanto que en nuestro país fuera durante los últimos años del franquismo el comunismo fuera bandera común para tantos opositores al régimen y que, una vez concluido este, el fervor revolucionario también quedara atrás. De todos los partícipes de aquel tiempo, el que tal vez ha cambiado de forma más notoria desde entonces, el nombre inevitable que cualquier persona menciona en primer lugar cuando se habla de virajes ideológicos, es el del periodista Federico Jiménez Losantos. Lo entrevistamos aquí y nadie mejor que uno mismo para explicar su trayectoria. Solo cabe añadir una mención al libro de varios autores Por qué dejé de ser de izquierdas, en el que relata su viaje a China en 1976 como un Gide cuatro décadas posterior:

Había un punto de esnobismo que la gente nunca reconoce y que es esencial sobre todo cuando eres muy joven. Lo chic era ser maoísta de París, que eran más finos, no de Pekín. Lo ves ahora y dices ¡qué horror, qué gilipollas! Pues sí, éramos gilipollas, además uno tiene una edad de ser gilipollas. (…) En China era tan lejana la revolución, que no sabíamos ni dónde estaba (…) El caso es que de China salgo no ya anticomunista, que es como entré, sino militante anticomunista. Todo me ha parecido poco desde entonces.

Es decir, a la manera de una vacuna, ese paso por una ideología permitiría luego rechazarla con más énfasis, una vez se conoce el Otro Lado: sus puntos débiles, sus modos de actuar y sus intenciones. Aunque merecería también pensar con detalle en torno a cuán inevitable resulta la «edad de ser gilipollas» así como la idea, comúnmente aceptada, de que con el paso de los años tendemos a hacernos conservadores. O según lo expresó Savater: «he sido un revolucionario sin ira y espero ser un conservador sin vileza».

pODEMOS.

Patético el seudo Aberri Eguna de Podemos en Bilbao.
Treinta i cuarente despistados metidos en una lonja y escuchando un rollo infumable de Lander Martínez sobre lo malo que es el PNV.
parece qu ete cahvales el único que da la cara por esa mezcolanza de personalismos que es

CAUSTICO

Mi anterior comentario está mal escrito y firmado. Lo que quería decir es que Podemos hace cosas sin sentido como celebrar de forma tan cutre algo en lo que no creen.
tiene huevos que las dos noticias que han generado esta semana son:
1.-Votación para mantener el nombre de Unidos-Podemos para las elecciones, votación en el que votó la cuarta parte de los inscritos.
2.-La diputda Montero está embarazada de mellizo del diputado Iglesias.
En unos tiempos en los que los restos de la democracia esssspañola están en juego dan pena.

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